Revisando lo escrito, lo anotado, lo ejercitado, durante estos años (teniendo en cuenta que comienza otro), me he dado cuenta que tengo más cosas como borradores que las que he publicado aquí. Es difícil, digo, seguirlas, o lo que quería decir. Debo seguir ejercitándome, mis resultados o mejoras en redacción siguen afectando mi desempeño estudiantil. Lo siento. Igual, como consuelo, tengo que nadie revisa esto.
¡Feliz año!
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martes, 10 de enero de 2017
domingo, 8 de mayo de 2016
Contra todo pronóstico
De un modo inesperado el jueves sucede, ¡Pasa! Para algunos el miércoles es la mitad de la semana, pero es el jueves el cuarto día de la semana, la mitad de los siete.
¡El jueves transcurre contra todo pronóstico!, ¡casi que en contra de su propia naturaleza! Es que se suponía un mal día, se suponía un agónico pasar del tiempo, hasta que el espacio se acabase y llegara la anhelada noche.
¡No!
El jueves ocurre. El jueves camina con sus horas, pesada e inexplicablemente livianas, que arriban con noticias alentadoras, de esas que explotan con sueños e ideas nuevas en tu cabeza, de esas que evocan más posibilidades, que te ayudan a configurar nuevos mundos, nuevos escenarios en ése planeta de sueños.
Me es difícil explicar cómo es que se dio a cabo tal jueves, así como la alegría que la partida de mi imaginación no dejaba que me durmiera. Pura emoción, puro deseo. Me es tan difícil explicar cómo resulta un día tan complicado, tan esperadamente difícil, todo lo contrario, es decir, era el día perfecto para las peores sensaciones del fracaso, y contra todo lo que se suponía ser, simplemente, no se es. no fue.
¡El jueves ganamos!
Entra a www.otralavida.blogspot.com
¡El jueves transcurre contra todo pronóstico!, ¡casi que en contra de su propia naturaleza! Es que se suponía un mal día, se suponía un agónico pasar del tiempo, hasta que el espacio se acabase y llegara la anhelada noche.
¡No!
El jueves ocurre. El jueves camina con sus horas, pesada e inexplicablemente livianas, que arriban con noticias alentadoras, de esas que explotan con sueños e ideas nuevas en tu cabeza, de esas que evocan más posibilidades, que te ayudan a configurar nuevos mundos, nuevos escenarios en ése planeta de sueños.
Me es difícil explicar cómo es que se dio a cabo tal jueves, así como la alegría que la partida de mi imaginación no dejaba que me durmiera. Pura emoción, puro deseo. Me es tan difícil explicar cómo resulta un día tan complicado, tan esperadamente difícil, todo lo contrario, es decir, era el día perfecto para las peores sensaciones del fracaso, y contra todo lo que se suponía ser, simplemente, no se es. no fue.
¡El jueves ganamos!
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ANECDOTAS DE DIAS CUALQUIERAS
sábado, 20 de abril de 2013
El viejo Pablo me busca pelea
Pablo era (en realidad no sé si aún viva) uno de esos viejos problemáticos que alguna vez ocupó otro lugar en nuestra sociedad, muy distinto al que por aquellos días -y tal vez hoy, de estar vivo- tenía. Se trataba de un señor que podía ostentar a mis diecinueve años, unos cuarenta, o máximo, cuarenta y cinco. Hablamos de hace casi diez años. Aunque era relativamente joven, su aspecto demacrado por aquél entonces hacía visible la rápida transformación que había sufrido, debido a los infinitos motivos que pudiera él dar. Decían que se trataba de alguien con mucho dinero, quien llegó (con su familia) a construir algunos edificios de apartamentos e incluso, condominios. Él solo, sin socios. La plata -decían- había surgido de la venta de finca que habían heredado del viejo Pablo mayor, es decir, el papá, el difunto; dinero que, una vez repartido entre los seis hijos que conformaban aquella familia. Nadie imaginó que aquella finca multiplicaría por diez su valor al encontrarse cerca del mar, nadie lo imaginó hace sesenta años. Pablo sacó provecho de su parte y construyó un pequeño edificio de tres pisos a dos apartamentos por nivel. Todos se burlaron de él debido a la duración del proyecto y a la aparente miseria en la que vivía: nunca gastó un peso en recreación durante aquellos años duros. Tiempo después, tendría ya varios edificios donde incluso, vivían sus hermanos sin pagar peso alguno al igual que uno que otro familiar, éstos -sus hermanos- no administraron tan bien el dinero como Pablo y fueron a bancarrota, Pablo, como buen hermano, los acogió sin excusas. Dicen.
Nadie se imaginó -dicen- que Pablo fuera a poseer tanto dinero, tanta plata en una persona parecía inverosímil, hasta injusto, según "los envidiosos y resentidos" que Pablo detestaba desde lo más profundo de sus entrañas. Comenzó la paranoia: me van a matar, me van a quitar aquello por lo que tanto he sufrido -pensaba Pablo, por lo que comenzó practicar boxeo, él afirmaba que nunca se iba a dejar joder sin pelear hasta morir. Apenas tenía veinticinco. Contaban que tenía tanto estrés, que, si pudiera cargarlo, habría muerto herniado, mas él respondía que aún así, habría tratado de levantarlo hasta explotar. Algunos le decían voluntad de hierro, incluso, en el gimnasio al que asistía, el Bernardo Caraballo; en el coliseo, se había ganado cierta fama por pelear "sólo por probar" con tipos de talla mundial como Cervantes (Kid), Miguel Lora (Happy), y dicen que hasta el mismo Bony y Rodrigo Valdés. Yo siempre puse en duda todos esos cuentos, si me preguntan. Igual, siempre perdía, me contaban. También, se hizo famoso por la cantidad de escoltas que aumentaban a medida que asistía al coliseo, sus bienes, capital y con ello, su paranoia, llegó a tener catorce guardaespaldas.
Quien menos pensó en perder fue él, pero su dinero. Todo comenzó cuando al parecer alguien le hizo el siguiente comentario: "deberías tomar las cosas con calma, cogerla suave". Nadie sabe quién le dejó esa inquietud sobre el tema de la recreación. No se había dado cuenta que estaba en sus treinta y no conocía cosa distinta a los negocios. Con aquella curiosidad nace el deseo por conocer de qué se trataba el asunto. Comenzó con perico y con eso, a disminuir la cantidad de escoltas. Él mismo contaba que inhalar no afectaba sus finanzas -al contrario, lo ayudaba a concentrarse y a estar más atento a la gente-, sino sus amigos, aquellos que nunca tuvo, aparecieron en aquellas parrandas donde el perico en bandeja era la entrada para los platos que se sucedían y ascendían estimulantemente. Los platos fuertes variaban de acuerdo a la ocasión, mas no supe en detalle de alguno.
Luego vino la familia, sus hermanos, quienes al ver el estado mental en que andaba Pablo y la quiebra por la que ellos andaban desde hacía años atrás, decidieron sacar provecho de la situación declarándolo interdicto bajo las pruebas, más que evidentes de sus parrandas. Terminó confinado en el cuarto de sanalejo de uno de sus edificios, a cargo, ahora, de sus hermanos.
El día que se lo quitaron todo ya no tenía escoltas, es más, ni siquera notó la diferencia de vivir en una mansión a la de vivir en un zaguán, nadie lo defendió, ni él mismo. Sus amigos eran una broma, ellos ni siquiera pensaron en intervenir, incluso, colaboraron con los hermanos, esperando alguna "ayudita", que, nunca recibieron, como era de esperarse. Nunca lo atracaron, nunca lo secuestraron, nunca atentaron contra èl, nunca, nada. Su misma familia.
Así, le daba igual si dormía en las calles que en el zaguán, se sentía libre, sin preocupaciones, seguramente feliz, recibiendo las limosnas que de rodillas pedía a sus hermanos; una que otra moneda por la calle y todo para quién sabe qué objeto de placer. Nadie tenía que ver con él, y, como era de esperarse, él tampoco tenía que ver con los demás. Brincaba de una profesión a otra: como sabemos, pasó de magnate empresario a encargado de papeles de publicidad de quién sabe qué negocio y de dicha profesión tan ficticia y rebuscada a reciclador, de reciclador a vigilante del orden de las cosas en los edificios, otrora suyos, donde dormía y donde, tal vez por lástima, dejaban entrar, igual, nadie le temía como en otros tiempos, mucho menos, respetaba. De ser aquella especie de superfluo mayordomo regresó a reciclador, si no estoy mal.
El mismo Peña (Peñalosa), quien conozco desde que tengo nueve años, me explicaba que nunca lo vio reírse, aún cuando fueron conocidos del barrio, claro, para la fecha que Peñalosa era Peñalosa, es decir, el joven que habla siete idiomas (es en serio), vivía aún con su familia y paseaba a Europa como quien cruza una calle, y ni siquiera vendía sus bienes para comprar aquello que no lo estimulara a recordar aquellos días donde el capricho de ir a Ámsterdam para ver a los Rolling Stones era satisfecho sin abrir la boca, por parte de papá y mamá, que tenían dinero hasta para prender el fogón del horno o de la estufa. Peñalosa, quien es contemporáneo de Pablo, mas no amigos, contaba que Pablo siempre fue un tipo serio y desconfiado, y que, jamás lo invitó a aquellas fiestas que nunca superó, donde seguramente Peña habría sido muy feliz, aunque le hubiera tocado vender las joyas de oro y esmeraldas que la mamá ostentaba diariamente.
Peña exagera cuando dice que el viejo Pablo mató a un boxeador de un sólo cruzado, aunque "la voluntad de ese tipo iba en ese puño, con ese odio que Pablo le tenía a la gente que peleaba por plata", como decía Peñalosa, me hacía casi creerlo. Igual, creo que nunca lo sabré.
Al viejo Pablo lo conocía, como todos, porque andaba por las calles, a veces con camisa guayabera mangas largas de lino fino, muy callado, recogiendo latas y cosas que se pudieran vender, de la calle. Nunca hablaba con nadie. Hasta mi abuelo, cuando salíamos a pasear, me decía "ése tipo se volvió una mierrrda", pero nunca me explicó, o cuando le preguntaba, se molestaba y me respondía con un "arght... ¡eso no sirve!" entre dientes.
Cierta ocasión, ya, a mis diecinueve, el viejo, que se había vuelto amargado, con, quizá, cuarenta, cuarenta y cinco años, dejo caer una lata por descuido, cerca de la bahía, y cuando volteo para recogerla, el viejo Pablo iba a hacer lo mismo, mas ve que voy por ella y me empuja: "¡deje eso, que es mío, insolente!", me causó sorpresa cuando me gritó así, al igual que el hecho de haberme empujado con tanta fuerza, que he podido caer. Sonreí y se la dejé.
Al día siguiente, caminando por el mismo sector, solo, Peña me cruza por el lado a pedirme plata, y bueno, a traerme historias, igual, le narro lo sucedido con el viejo Pablo y me advierte de sus cualidades como boxeador y de su carácter explosivo. Le digo que no tengo plata a Peñalosa y se va. Metros más adelante aparece el sujeto, con cerca de un metro ochenta y cinco de altura y algunos ochenta kilos de peso, que, pese a las drogas, no perdió, seguramente a causa de los gigantescos platos de comida que le guardaban, según mi abuela y Peña, en uno de los restaurantes que llegó a abrir, mas de él sólo era la idea del nombre: "La Fragata", si la memoria no me falla. Mirada obstinada la de él, cuando me reconoce y me empuja, cayendo yo al suelo, y me grita "¡tú fuiste, tú fuiste!", me causó admiración la cosa, a la vez, gracia, "¿yo fui qué?" -le respondí entre risas. "¡No te rías, que tú fuiste el que me robaste! ¡El que me robó toda la plata!". No sé qué cable se le habrá cruzado a él, pero me hacía responsable de sus males.No voy a mentir, creí que me molería a golpes en el piso, ya que para tumbarme, había empleado bastante fuerza, o al menos, eso sentí; bueno, mido uno noventa, y por aquellos días podría pesar diez kilos menos que ahora, es decir, unos noventa y cinco
-"¡Párate y pelea, hijueputa, que te voy a matar!"
No sé porqué me acordé de la historia de Peña, pero la determinación de éste sujeto era para asombrarse, daba miedo en realidad, aunque sabía que yo estaba más grueso y joven, mientras que él, posiblemente flaco al lado mío, no le importó para convidarme a pelear. Y, como es de esperarse, la gente comenzó a acercarse para ver el espectáculo, esto es, ser humillado por un indigente.
Sin miedo a la historia de Peña, esperando que fuera otra de sus exageraciones, propias de su imaginación desaforada, producto de quién sabe qué alucinógeno, me levanté y muy comprensivamente le respondí: "yo creo que tú me confundes, viejo, no soy yo, es más, ni siquiera nos conocemos". Las palabras son pólvora para sus brazos que empujan tremenda derecha y me manda al piso. La gente gritaba emocionada, yo sólo sentía el golpe en la mandíbula y deseaba que algún policía llegara y se lo llevara.
Ni siquiera medió palabra.
Me gritaba "¡párate, hijueputa, para ver si me vas a quitar la plata ahora!". No había más alternativa, había que responder, así que recordé algunas enseñanzas de los tíos míos, bueno, los que practicaron boxeo en la Armada y en el ejército, y me puse en guardia, o por lo menos eso creí, la alcé, zurdo, aunque soy derecho. Quienes me conocen saben que soy derecho a la fuerza.
El tipo era lento, yo me sentí con ventaja, quería usar mis piernas pero me gritaba "¡sin las piernas, marica, que ésto es boxeo!", así que le seguí el juego con la guardia que tenía. Ser más alto me daba inclusive, más posibilidades de joderlo, yo ya no pensaba compasivamente, además, la gente se burlaba y yo, comía mucho de eso.
Sentí un golpe mucho más duro que el anterior, tal vez el golpe físico más fuerte que haya sentido en mi vida, a pesar que lo bloqueé, sentía que mi oreja sangraba. Era lento, así que aproveché para golpearlo con todo, le di dos veces, y cayó al piso, la gente me gritaba animal, salvaje, aprovechado, inmoral, otros pedían que lo matara, nadie se metió, igual, ése sector de la Bahía, estaba relativamente solo. Pablo, que no parecía tan viejo y acabado se paró de un brinco y lanzó dos izquierdas que esquivé como un conejo, ya, igual, venían como en cámara lenta, pero sentía que venían con furia, con ira, otro par de derechas que esquivé y que aproveché para responderle con una seguidilla de todo lo que pudiera darle, me dolían incluso los nudillos, las manos, las muñecas. El tipo vuelve a caer, y siento ganas de patearle la cara vilmente en el suelo, para dormirlo, no obstante, me controlo y espero que se vuelva a parar, levanta la guardia y le mando un gancho de derecha que lo manda al piso otra vez, pero vuelve y se para, se lanza hacia a mí, mas logro evitar el par de trompadas que quiere darme, aprovecho y le mando otra que lo tira a la arena, y yo, con esperanzas de que no se levantara, pues ya pensaba que lo podría dañar, sin embargo, se paró de la arena y como si nada, se sacudió, caminó con la guardia arriba, hacia donde mi nuevamente, me molestó más que me buscara, por lo que le di el golpe más fuerte que creí darle a alguien, y se lo di en medio de las cejas, sentí que se me había roto la mano, fue horrible, Pablo volvió a caer pero no se iba a dejar matar y nuevamente arriba, con la cara llena de sangre alzó la guardia y con la misma mirada de obstinación, iba hacia delante, donde yo estaba. La cosa, hasta ahora, daba más miedo, me lanzó un golpe, uno solo, que me mandó al piso otra vez, no lo podía creer, me había dado en la mandíbula otra vez, recuerdo que alguien gritaba de manera escandalosa "¡cogeeeee maricaaaaa, cogeeeee!", tardé para pararme, sentía un peso enorme, y mareo, mucho, cuando me levanté, ahí estaba el monstruo aquél con la guardia levantada, esperándome, me acordé de aquello de la voluntad y de que no se iba a dejar matar así porque sí, ésto era en serio. Igual, no podía quedarme así, allí, me sentía cansado, pero le di de todas las formas posibles, sólo recibió y cayó.
La juventud sorprende, pero la experiencia enseña, pensé, porque si había podido tumbarlo varias veces fue también por mi voluntad, porque así lo deseé, así traté, yo mismo me sorprendí, pero la experiencia no se improvisa, ya él sabía de lo que se trataba, sabía cómo bloquear, cómo provocarme, era, seguramente, para él, la pelea de su vida, donde no se iba a dejar quitar nada, quería enseñarme eso, no se iba a dejar quitar la vida, seguramente creería él en medio de su locura. Con el rosto ensegrantado, todo lleno de tierra, arena, con su guayabera manga larga y sus zapatos finos de hace mucho tiempo, tropezaba y se tambaleaba. No se iba a dejar matar.
Su último golpe, o intento, fue un cruzado que lanzó con tanta fuerza e impulso que hizo que se cayera con todo y cuerpo, yo lo esquivé, pero cayó a mis pies, lo vi ahí, tratando de pararse como podía y sentí lástima por mí mismo. Sentí admiración a la vez.
Esos tres o seis minutos que duró los sentí eternos, salí con un lado de la barbilla morado, y un pequeño rasguño en la oreja, que aún no entiendo porqué sangró tanto. Él, no sé, sé que sangró mucho, igual, mis manos quedaron hinchadas, moradas y magulladas. La policía apareció a los eternos segundos que lo vi intentando pararse y nos "separaron", a buena hora, como siempre. La gente igual le gritaba a los agentes "suelta al barbilla de vidrio", refiriéndose a mí, sentí vergüenza, cuando me preguntaron sobre lo que pasó, yo no dije nada en el momento, estaba pendiente del viejo Pablo, que no dejaba que los agentes lo levantaran, y me gritaba "¡cobarde!, ¡tuviste que llamar a la policía, no me pudiste matar, marica, pero no lo trates, porque la próxima te mato, maricón!". Me sorprendían sus ganas, tal vez, tanta ira, tanto resentimiento, tantas ganas, me inspiraba... Cuando al final estaba de pie, los policías lo reconocieron y no le hicieron nada, solo lo metieron en la camioneta y lo llevaron algunas cuadras más adelante, donde lo soltaron, ya que yo tampoco denuncié o algo por el estilo, y bueno, así es aquí.
Días después, sin hablar muchas veces de éste vergonzoso acontecimiento, sino, hasta ahora, lo sabían cuatro personas por mi boca, pero días después, me encontré al viejo Pablo, como si nada, sin cicatrices ni nada, aunque lo vi sin mis lentes y como saben, mi vista es pésima, comencé a dudar de mi fuerza, de si en verdad pegaba suave, hasta llegué a pensar que se trataba además de una fuerza sobrenatural, su misma voluntad, que lo hizo curarse rápido. Me pasó por el lado, con su misma mirada, y creí que haría algo, que se me lanzaría o algo por el estilo, recordando su juramento de venganza, pero no hizo nada, a lo mejor ni me reconoció.
No lo he vuelto a ver en años.
Siempre he creído que salí perdiendo, pero igualmente me siento beneficiado con el ejemplo y la lección que me dio. Hoy día sigo pensando en su voluntad como inspiración: ha podido joderme, en serio.
Nadie se imaginó -dicen- que Pablo fuera a poseer tanto dinero, tanta plata en una persona parecía inverosímil, hasta injusto, según "los envidiosos y resentidos" que Pablo detestaba desde lo más profundo de sus entrañas. Comenzó la paranoia: me van a matar, me van a quitar aquello por lo que tanto he sufrido -pensaba Pablo, por lo que comenzó practicar boxeo, él afirmaba que nunca se iba a dejar joder sin pelear hasta morir. Apenas tenía veinticinco. Contaban que tenía tanto estrés, que, si pudiera cargarlo, habría muerto herniado, mas él respondía que aún así, habría tratado de levantarlo hasta explotar. Algunos le decían voluntad de hierro, incluso, en el gimnasio al que asistía, el Bernardo Caraballo; en el coliseo, se había ganado cierta fama por pelear "sólo por probar" con tipos de talla mundial como Cervantes (Kid), Miguel Lora (Happy), y dicen que hasta el mismo Bony y Rodrigo Valdés. Yo siempre puse en duda todos esos cuentos, si me preguntan. Igual, siempre perdía, me contaban. También, se hizo famoso por la cantidad de escoltas que aumentaban a medida que asistía al coliseo, sus bienes, capital y con ello, su paranoia, llegó a tener catorce guardaespaldas.
Quien menos pensó en perder fue él, pero su dinero. Todo comenzó cuando al parecer alguien le hizo el siguiente comentario: "deberías tomar las cosas con calma, cogerla suave". Nadie sabe quién le dejó esa inquietud sobre el tema de la recreación. No se había dado cuenta que estaba en sus treinta y no conocía cosa distinta a los negocios. Con aquella curiosidad nace el deseo por conocer de qué se trataba el asunto. Comenzó con perico y con eso, a disminuir la cantidad de escoltas. Él mismo contaba que inhalar no afectaba sus finanzas -al contrario, lo ayudaba a concentrarse y a estar más atento a la gente-, sino sus amigos, aquellos que nunca tuvo, aparecieron en aquellas parrandas donde el perico en bandeja era la entrada para los platos que se sucedían y ascendían estimulantemente. Los platos fuertes variaban de acuerdo a la ocasión, mas no supe en detalle de alguno.
Luego vino la familia, sus hermanos, quienes al ver el estado mental en que andaba Pablo y la quiebra por la que ellos andaban desde hacía años atrás, decidieron sacar provecho de la situación declarándolo interdicto bajo las pruebas, más que evidentes de sus parrandas. Terminó confinado en el cuarto de sanalejo de uno de sus edificios, a cargo, ahora, de sus hermanos.
El día que se lo quitaron todo ya no tenía escoltas, es más, ni siquera notó la diferencia de vivir en una mansión a la de vivir en un zaguán, nadie lo defendió, ni él mismo. Sus amigos eran una broma, ellos ni siquiera pensaron en intervenir, incluso, colaboraron con los hermanos, esperando alguna "ayudita", que, nunca recibieron, como era de esperarse. Nunca lo atracaron, nunca lo secuestraron, nunca atentaron contra èl, nunca, nada. Su misma familia.
Así, le daba igual si dormía en las calles que en el zaguán, se sentía libre, sin preocupaciones, seguramente feliz, recibiendo las limosnas que de rodillas pedía a sus hermanos; una que otra moneda por la calle y todo para quién sabe qué objeto de placer. Nadie tenía que ver con él, y, como era de esperarse, él tampoco tenía que ver con los demás. Brincaba de una profesión a otra: como sabemos, pasó de magnate empresario a encargado de papeles de publicidad de quién sabe qué negocio y de dicha profesión tan ficticia y rebuscada a reciclador, de reciclador a vigilante del orden de las cosas en los edificios, otrora suyos, donde dormía y donde, tal vez por lástima, dejaban entrar, igual, nadie le temía como en otros tiempos, mucho menos, respetaba. De ser aquella especie de superfluo mayordomo regresó a reciclador, si no estoy mal.
El mismo Peña (Peñalosa), quien conozco desde que tengo nueve años, me explicaba que nunca lo vio reírse, aún cuando fueron conocidos del barrio, claro, para la fecha que Peñalosa era Peñalosa, es decir, el joven que habla siete idiomas (es en serio), vivía aún con su familia y paseaba a Europa como quien cruza una calle, y ni siquiera vendía sus bienes para comprar aquello que no lo estimulara a recordar aquellos días donde el capricho de ir a Ámsterdam para ver a los Rolling Stones era satisfecho sin abrir la boca, por parte de papá y mamá, que tenían dinero hasta para prender el fogón del horno o de la estufa. Peñalosa, quien es contemporáneo de Pablo, mas no amigos, contaba que Pablo siempre fue un tipo serio y desconfiado, y que, jamás lo invitó a aquellas fiestas que nunca superó, donde seguramente Peña habría sido muy feliz, aunque le hubiera tocado vender las joyas de oro y esmeraldas que la mamá ostentaba diariamente.
Peña exagera cuando dice que el viejo Pablo mató a un boxeador de un sólo cruzado, aunque "la voluntad de ese tipo iba en ese puño, con ese odio que Pablo le tenía a la gente que peleaba por plata", como decía Peñalosa, me hacía casi creerlo. Igual, creo que nunca lo sabré.
Al viejo Pablo lo conocía, como todos, porque andaba por las calles, a veces con camisa guayabera mangas largas de lino fino, muy callado, recogiendo latas y cosas que se pudieran vender, de la calle. Nunca hablaba con nadie. Hasta mi abuelo, cuando salíamos a pasear, me decía "ése tipo se volvió una mierrrda", pero nunca me explicó, o cuando le preguntaba, se molestaba y me respondía con un "arght... ¡eso no sirve!" entre dientes.
Cierta ocasión, ya, a mis diecinueve, el viejo, que se había vuelto amargado, con, quizá, cuarenta, cuarenta y cinco años, dejo caer una lata por descuido, cerca de la bahía, y cuando volteo para recogerla, el viejo Pablo iba a hacer lo mismo, mas ve que voy por ella y me empuja: "¡deje eso, que es mío, insolente!", me causó sorpresa cuando me gritó así, al igual que el hecho de haberme empujado con tanta fuerza, que he podido caer. Sonreí y se la dejé.
Al día siguiente, caminando por el mismo sector, solo, Peña me cruza por el lado a pedirme plata, y bueno, a traerme historias, igual, le narro lo sucedido con el viejo Pablo y me advierte de sus cualidades como boxeador y de su carácter explosivo. Le digo que no tengo plata a Peñalosa y se va. Metros más adelante aparece el sujeto, con cerca de un metro ochenta y cinco de altura y algunos ochenta kilos de peso, que, pese a las drogas, no perdió, seguramente a causa de los gigantescos platos de comida que le guardaban, según mi abuela y Peña, en uno de los restaurantes que llegó a abrir, mas de él sólo era la idea del nombre: "La Fragata", si la memoria no me falla. Mirada obstinada la de él, cuando me reconoce y me empuja, cayendo yo al suelo, y me grita "¡tú fuiste, tú fuiste!", me causó admiración la cosa, a la vez, gracia, "¿yo fui qué?" -le respondí entre risas. "¡No te rías, que tú fuiste el que me robaste! ¡El que me robó toda la plata!". No sé qué cable se le habrá cruzado a él, pero me hacía responsable de sus males.No voy a mentir, creí que me molería a golpes en el piso, ya que para tumbarme, había empleado bastante fuerza, o al menos, eso sentí; bueno, mido uno noventa, y por aquellos días podría pesar diez kilos menos que ahora, es decir, unos noventa y cinco
-"¡Párate y pelea, hijueputa, que te voy a matar!"
No sé porqué me acordé de la historia de Peña, pero la determinación de éste sujeto era para asombrarse, daba miedo en realidad, aunque sabía que yo estaba más grueso y joven, mientras que él, posiblemente flaco al lado mío, no le importó para convidarme a pelear. Y, como es de esperarse, la gente comenzó a acercarse para ver el espectáculo, esto es, ser humillado por un indigente.
Sin miedo a la historia de Peña, esperando que fuera otra de sus exageraciones, propias de su imaginación desaforada, producto de quién sabe qué alucinógeno, me levanté y muy comprensivamente le respondí: "yo creo que tú me confundes, viejo, no soy yo, es más, ni siquiera nos conocemos". Las palabras son pólvora para sus brazos que empujan tremenda derecha y me manda al piso. La gente gritaba emocionada, yo sólo sentía el golpe en la mandíbula y deseaba que algún policía llegara y se lo llevara.
Ni siquiera medió palabra.
Me gritaba "¡párate, hijueputa, para ver si me vas a quitar la plata ahora!". No había más alternativa, había que responder, así que recordé algunas enseñanzas de los tíos míos, bueno, los que practicaron boxeo en la Armada y en el ejército, y me puse en guardia, o por lo menos eso creí, la alcé, zurdo, aunque soy derecho. Quienes me conocen saben que soy derecho a la fuerza.
El tipo era lento, yo me sentí con ventaja, quería usar mis piernas pero me gritaba "¡sin las piernas, marica, que ésto es boxeo!", así que le seguí el juego con la guardia que tenía. Ser más alto me daba inclusive, más posibilidades de joderlo, yo ya no pensaba compasivamente, además, la gente se burlaba y yo, comía mucho de eso.
Sentí un golpe mucho más duro que el anterior, tal vez el golpe físico más fuerte que haya sentido en mi vida, a pesar que lo bloqueé, sentía que mi oreja sangraba. Era lento, así que aproveché para golpearlo con todo, le di dos veces, y cayó al piso, la gente me gritaba animal, salvaje, aprovechado, inmoral, otros pedían que lo matara, nadie se metió, igual, ése sector de la Bahía, estaba relativamente solo. Pablo, que no parecía tan viejo y acabado se paró de un brinco y lanzó dos izquierdas que esquivé como un conejo, ya, igual, venían como en cámara lenta, pero sentía que venían con furia, con ira, otro par de derechas que esquivé y que aproveché para responderle con una seguidilla de todo lo que pudiera darle, me dolían incluso los nudillos, las manos, las muñecas. El tipo vuelve a caer, y siento ganas de patearle la cara vilmente en el suelo, para dormirlo, no obstante, me controlo y espero que se vuelva a parar, levanta la guardia y le mando un gancho de derecha que lo manda al piso otra vez, pero vuelve y se para, se lanza hacia a mí, mas logro evitar el par de trompadas que quiere darme, aprovecho y le mando otra que lo tira a la arena, y yo, con esperanzas de que no se levantara, pues ya pensaba que lo podría dañar, sin embargo, se paró de la arena y como si nada, se sacudió, caminó con la guardia arriba, hacia donde mi nuevamente, me molestó más que me buscara, por lo que le di el golpe más fuerte que creí darle a alguien, y se lo di en medio de las cejas, sentí que se me había roto la mano, fue horrible, Pablo volvió a caer pero no se iba a dejar matar y nuevamente arriba, con la cara llena de sangre alzó la guardia y con la misma mirada de obstinación, iba hacia delante, donde yo estaba. La cosa, hasta ahora, daba más miedo, me lanzó un golpe, uno solo, que me mandó al piso otra vez, no lo podía creer, me había dado en la mandíbula otra vez, recuerdo que alguien gritaba de manera escandalosa "¡cogeeeee maricaaaaa, cogeeeee!", tardé para pararme, sentía un peso enorme, y mareo, mucho, cuando me levanté, ahí estaba el monstruo aquél con la guardia levantada, esperándome, me acordé de aquello de la voluntad y de que no se iba a dejar matar así porque sí, ésto era en serio. Igual, no podía quedarme así, allí, me sentía cansado, pero le di de todas las formas posibles, sólo recibió y cayó.
La juventud sorprende, pero la experiencia enseña, pensé, porque si había podido tumbarlo varias veces fue también por mi voluntad, porque así lo deseé, así traté, yo mismo me sorprendí, pero la experiencia no se improvisa, ya él sabía de lo que se trataba, sabía cómo bloquear, cómo provocarme, era, seguramente, para él, la pelea de su vida, donde no se iba a dejar quitar nada, quería enseñarme eso, no se iba a dejar quitar la vida, seguramente creería él en medio de su locura. Con el rosto ensegrantado, todo lleno de tierra, arena, con su guayabera manga larga y sus zapatos finos de hace mucho tiempo, tropezaba y se tambaleaba. No se iba a dejar matar.
Su último golpe, o intento, fue un cruzado que lanzó con tanta fuerza e impulso que hizo que se cayera con todo y cuerpo, yo lo esquivé, pero cayó a mis pies, lo vi ahí, tratando de pararse como podía y sentí lástima por mí mismo. Sentí admiración a la vez.
Esos tres o seis minutos que duró los sentí eternos, salí con un lado de la barbilla morado, y un pequeño rasguño en la oreja, que aún no entiendo porqué sangró tanto. Él, no sé, sé que sangró mucho, igual, mis manos quedaron hinchadas, moradas y magulladas. La policía apareció a los eternos segundos que lo vi intentando pararse y nos "separaron", a buena hora, como siempre. La gente igual le gritaba a los agentes "suelta al barbilla de vidrio", refiriéndose a mí, sentí vergüenza, cuando me preguntaron sobre lo que pasó, yo no dije nada en el momento, estaba pendiente del viejo Pablo, que no dejaba que los agentes lo levantaran, y me gritaba "¡cobarde!, ¡tuviste que llamar a la policía, no me pudiste matar, marica, pero no lo trates, porque la próxima te mato, maricón!". Me sorprendían sus ganas, tal vez, tanta ira, tanto resentimiento, tantas ganas, me inspiraba... Cuando al final estaba de pie, los policías lo reconocieron y no le hicieron nada, solo lo metieron en la camioneta y lo llevaron algunas cuadras más adelante, donde lo soltaron, ya que yo tampoco denuncié o algo por el estilo, y bueno, así es aquí.
Días después, sin hablar muchas veces de éste vergonzoso acontecimiento, sino, hasta ahora, lo sabían cuatro personas por mi boca, pero días después, me encontré al viejo Pablo, como si nada, sin cicatrices ni nada, aunque lo vi sin mis lentes y como saben, mi vista es pésima, comencé a dudar de mi fuerza, de si en verdad pegaba suave, hasta llegué a pensar que se trataba además de una fuerza sobrenatural, su misma voluntad, que lo hizo curarse rápido. Me pasó por el lado, con su misma mirada, y creí que haría algo, que se me lanzaría o algo por el estilo, recordando su juramento de venganza, pero no hizo nada, a lo mejor ni me reconoció.
No lo he vuelto a ver en años.
Siempre he creído que salí perdiendo, pero igualmente me siento beneficiado con el ejemplo y la lección que me dio. Hoy día sigo pensando en su voluntad como inspiración: ha podido joderme, en serio.
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ANECDOTAS DE DIAS CUALQUIERAS
domingo, 17 de febrero de 2013
Rasgar
Desde que me vine a vivir con mi mamá me he encargado de las labores hogareñas. Desde su enfermedad. Hace casi un año. Hasta hace apenas un mes intercambio labores con una señora que viene a encargarse de ellas, eso significa más tiempo de silencio para mí.
Sigo sin trabajo, voy para un mes deambulando en miserias de empleos miserablemente pagos, con algunos ahorros ínfimos solvento algunos gastos básicos que no pueden pasarse por alto dentro de la vida de alguien que piensa en destruirse más rápido de lo que la vida misma acaba. Sí, suena a veces a desperdicio pero sin placer no hay tiempo. Es lo que a veces pienso.
En ocasiones se me ocurre hacer un diario, escribir cada cosa que me parezca interesante, interesante que me haya sucedido. De vez en cuando lo considero, pero bien, como muchos, tengo un Blog insípido.
Deben estarle pasando muchas cosas fantásticas a la gente allá afuera, detenerse en un solo ser cuya redacción no es muy buena parece ser una manera poco agradable de perder el tiempo.
No sé porqué se me ocurren introducciones a algo tan mínimo pero a la vez tan común que narraré del modo más breve.
Creo que fue a eso de las cinco y media de la mañana de hoy. Luego de haber venido de horas de habladuría y bebidas con amigos con los que había jugado la mañana de ayer (por lo que estaba sucio, mugroso y cansado), unos veinte minutos después de haberme bañado, organizado la ropa y tal, caí en la cama como peso muerto. No recuerdo haber visto el reloj despertador antes de caer en cuenta que no estaba borracho y que sólo era cansancio lo que me atrapaba en la cama; tampoco recuerdo pensar mucho ni hacer cálculos de tiempo, por lo que quizá estaría boca abajo despierto, no sé, unos diez o veinte minutos (?) antes de cerrar los ojos hasta que volviera a salir el sol, no obstante, el acto fue interrumpido por tremendos alaridos, chillidos y gritos que provenían de algún lado fuera del cuarto. Por un momento creí que se trataba del radio que se había activado con la alarma de las seis, o seis y media (sí, los desempleados también nos levantamos temprano esperanzados en que algo bueno pasará en el día, bueno al menos eso creo generalizando mi actuar para con los demás). Aturdido por el cansancio y el ron que no había acabado de reposar me levanté suavemente de la cama y esperé a que se volviera a repetir, salí del cuarto sigilosamente con la vaga idea de que mi cabeza no me estuviera jugando sucio con alguna alucinación auditiva, qué se yo, como cuando uno cree escuchar su nombre a lo lejos pronunciado por alguna voz familiar para al final darse cuenta que es sólo la imaginación, o en el peor de los casos fuera cierta la llamada de aquella persona conocida y la ignoráramos por estar acostumbrado a estos juegos de la mente. Con aquella intermitente expectativa iba suavemente a la puerta de la casa por entre las pocas sombras que quedaban a esas horas de la mañana -noche aún para mí, y vuelven a escucharse esos gritos horrendos, no había espacio para vacilaciones: era cierto, algo pasaba fuera de la casa.
Salí a las escaleras (pues vivo con mi mamá en un pequeño edificio y su apartamento está en el segundo piso) con lo que tenía puesto para dormir y escuché unos pasos que venían del tercer o cuarto piso y bajaban: dos mujeres y un hombre alcancé a identificar a juzgar por los tonos. Regresé a la casa, cerré la puerta y corrí mientras que escuchaba sólo en mis recuerdos el sonido metálico de una motosierra, algo cortante, irremediable, distorsionado, como ciertos acordes de guitara; no sé porqué se me vinieron a la mente esos sonidos pero estaba seguro de lo que venía a hacer a la casa nuevamente.
Ya en el cuarto, me puse una pantaloneta y cogí el cuchillo que guardo debajo del colchón que guardo allí desde que comencé a tener esas pesadillas en donde venían a matarme sin razón aparente (no fueron muchos los días de pesadillas, pero creo que es un hábito heredado de mi abuelo, o mi tío Raymundo a quien en dos ocasiones intentaron matarlo por líos que aún no sé si es que ha sido por una buena explicación de su parte o tal vez es que no le he entendido). El cuchilló lo aseguré con el elástico de la cintura y regresaba con la misma prisa al área de las escaleras cuando me tropecé en el pasillo de los cuartos con mi hermano (quien esporádicamente duerme aquí) y más adelante con mi mamá desnuda y acababa de levantarse brincando de la cama a ver la situación y no le importó siquiera vestirse para salir, "¡es una persona la que está en peligro, mijo!" me contestó cuando le recomendé que se pusiera algo mientras la adelanté en el paso a las escaleras. "Tráeme la sábana, esa de secar toalla, blanca", porque es así como suele hablar mi mamá. Me desespera, porque es poco clara, ya no le contesto ni pregunto a lo que se refiere por aquello de la tolerancia y porque puedo ser golpeado con sus palabras y sus relampagueantes insultos, igualmente motivados por mi aparente ineficiencia en dichos momentos. Volví a entrar y deduciendo durante los tres o cinco pasos en velocidad que alcanzan la longitud de mis piernas, que se trataba de "cualquier manta o tejido que sirviera para taparle su cuerpo", tomé una sábana que vi en el sofá de la sala y cuando regresaba al pabellón de los apartamentos pensé o dije -no estoy seguro cuál de las dos por el ron en la cabeza, "no volverá a pasar".
Y es que yo me había dicho a mí mismo que no me metería más en una situación de esas por inconvenientes en el pasado donde siempre terminaba yo como el más perjudicado, como he contado otras veces no sólo aquí. Fue el chillido de "¡suéltala Leandro!" y el "¡Natalia, deja de gritarle para que se vaya de una vez!" -alaridos que recuerdo o por lo menos llegué a entender-, los que me hicieron salir en busca de una tragedia.
Luego de traspasar la puerta, adelantar a mi mamá y durante aquello hacer el gesto de taparla con la sábana que rechazó con el gesto para seguir andando encuera por el edificio, me di cuenta que la escena se estaba trasladando al primer piso puesto que una joven -que minutos después me enteraría que se llamaba Natalia y era mi vecina, a quien, en los tres meses que llevo viviendo aquí, no recuerdo haber visto antes, pero que supongo que sería una de esas cosas que vienen con las sociedades donde la individualidad del sujeto es lo que prima sobre cualquier otro aspecto- se hallaba bajando las escaleras a gateo.
"¡Que tú eres un hombre y ella es una mujer!" recuerdo que decía la otra voz que gritaba mientras buscaba el lugar de dónde se emitía; mientras tanto, Natalia se encontraba casi en el reposo de las escaleras que daban al primer piso, con la cabeza mirando al suelo era imposible verle el rostro y examinarla desde lejos. "¡Métela a su casa! ¡Rápido!" me gritó mi mamá, para no molestarla ni siquiera le repliqué que no tenía ni la más mínima idea de dónde vivía, o si acaso vivía en el edificio. Lo que hice fue bajar de dos pasos ocho escalones hacia donde ella estaba, agacharme y levantarle el rostro con mis dedos desde el mentón y examinarle el rostro, lo tenía hinchado hacia un lado o tal vez fue mi percepción ya que tenía la cara inclinada hacia uno de los hombros mientras lloraba y gritaba. A la vez, mi mamá preguntaba, dando gritos, por una niña, de la cual tampoco tengo idea. Sólo unos segundos duró esto cuando me decidí por cargarla del modo en que mejor se me ocurrió: por los brazos, la traje a la sala y regresé corriendo a las escaleras corriendo con aquél sonido estridente entre bajo y agudo en mi mente.
Subí dos pisos a revisar lo que sea que fuere: vestigios de un ataque, otras personas, no sé, en resumidas cuentas: explicaciones. Arriba sólo encontré los restos de lo que era un celular de alta gama. Bajé los tres pisos a la entrada del edificio y encontré en el umbral a un tipo corpulento, de tal vez 1,80 sosteniéndose con un brazo a la pared que daba con las escaleras para los apartamentos, lo miré, pero no fue capaz de verme a los ojos, se veía de quizá unos cuarenta años, y se notaba cansado. No le dije nada, como si se me hubiera ocurrido algo sensato en esos momentos por decirle, así que segundos más tarde seguí rápidamente a la puerta del edificio y mientras me preguntaba el cómo habría podido acceder ya la reja de la entrada principal estaba abierta y venían dos agentes entrando: un hombre y una mujer, ambos con sus manos derechas sobre las armas de dotación respectivamente. Los saludé de "buenas noches" aunque el sola ya estuviera cortando ojos, se me adelantaron y yo seguí hacia el camino que conduce a la puerta de hierro: no vi a nadie más que pudiera representar un peligro.
Al regresar al edificio y al área para subir a los apartamentos estaba el mismo tipo siendo interrogado por la policía, y éste sólo respondía: "un celular, mi celular, se partió, pero ella no me lo quería dar, el de ella, eso fue todo". No era muy claro, pero a medida que voy subiendo las escaleras para finalmente regresar para dormir mis seis horas, escucho que el agente le pregunta: "¿tiene salvoconducto para ese arma?". No había caído en cuenta de la importancia de ésta pregunta sino hasta hace poco, al levantarme.
Cuando me encuentro en la puerta de la casa, ésta está trabada con todos los cerrojos y mientras timbro me gritan desde adentro "espere, espere", mas no logro identificar la voz. Mi hermano me abre y la escena parece algo íntima, la vecina y otra muchacha que jamás había visto tampoco hablando con mi mamá sobre lo sucedido, los detalles. Caminando despacio, calmado, hacia el cuarto escucho "mira, mijo, ésta era la que te decía -mi mamá haciendo referencia a su bata de baño que tenía puesta y que nunca había visto-; tráele a la señora la cosa esa que echa brisa, aire", por lo que sigo hacia la habitación y saco el ventilador, pues creo que era a eso lo que se refería, "gracias y tráele ahora agua", agregaba mi mamá.
Al acostarme nuevamente escucho toda la conversación, no me deja dormir aquél tono de voz. Al menos ya aquél sonido de ropa que se rasga no deambulaba por mi mente. Ella había terminado con él y éste se negaba a aceptar su decisión, por lo que con una copia de la reja del edificio irrumpió aquí y con una tarjeta había abierto la puerta de su apartamento para quitarle su teléfono celular y destruirlo contra la pared del pasillo, razón por la cual ella le gritó un "estúpido, animal" que seguramente se oyó por todos los pisos del conjunto y a nadie levantó salvo a nosotros. Los calificativos que usó Natalia hicieron que a Leandro se le diera por ahorcarla contra la pared del pasillo de la casa de su amor hasta dejarla morada y no bastaron los gritos y golpes de la amiga con la que estaba pasando el rato Natalia, para calmarlo. "¡Suéltala Leandro!" me levantó e hizo que me pusiera en pie de un brinco para salir. "Nunca se había portado así -agregaba Natalia-. Me mandó toda la noche y la madrugada mensajes de texto donde me amenazaba, que iba a matar a la supuesta persona con la que yo estaba y que luego me iba a matar a mí. Que le fuera sincera -decía entre sollozos y gemidos muy altos-". Ahí fue que recordé lo del arma, había venido para matarla y quién sabe qué o quién le habría impedido lograr su cometido. Probablemente haya sido la llamada de la amiga de Natalia a la policía, o un arrepentimiento en último momento, no lo sé. "Jamás se había puesto así, creo que estaba armado -agregaba una Natalia más calmada-. Yo sólo le había terminado porque me había dado cuenta que no me convenía, no tiene profesión, no hace nada, tiene treinta años y es un consentido de sus papás que tienen mucho dinero; son dueños de hoteles, tiendas, carnicerías y almacenes; eso no me parece un buen ejemplo para mi hijo. Sólo le terminé por eso". El timbre sonó y era la policía, lo sabía por las voces de los agentes, guardé el cuchillo otra vez debajo del colchón. Salí a la sala y vi que mi hermano les estaba preparando unas infusiones con las yerbas que tiene sembradas en la jardinera del balcón, las dos mujeres lloraban: una por el ataque y la otra por su amiga. "Nosotras quisimos huir, pero él nos perseguía -agregó la visita de la vecina-, aún así, los llamé -refiriéndose a los dos agentes que ya estaban dentro de la casa-". Siéntense -les dijo mi mamá, "¿dónde está el señor aquél?, que lo va a denunciar la niña. Por cierto, ¿dónde está tu niño?" "Está durmiendo -respondió Natalia". "El señor está allí sentado, en las escaleras -respondió también el policía mientras lo miraba desde la sala-. Dice que usted le rayó el carro y que por eso vino a reclamarle". En ese momento me asomé a ver al sujeto, que estaba custodiado por otros policías que habían llegado, allí, en las escaleras. Tenía cara de ira y cansancio, no parecía de treinta años como decía la vecina, siempre me pareció de más edad, me miró y pude sentir el odio por su mirada, a la vez que su incomprensión de la situación. Allí, me vine a acostar, deseando que las cosas fueran a mejor debido a que la policía ya tenía las manos en el asunto y podía dormir seguro.
Hoy 17 de febrero es el cumpleaños de mi mamá, no lo había olvidado, de lo contrario, estaría durmiendo en otro sitio. Sólo he dormido cuatro horas, pero me siento repuesto.
Comienza a llegar la gente a felicitar a mi mamá. "Ábrele a tu tío Ricardo, que vino con tu abuela -me pide mi mamá". Al bajar, en toda la puerta, me doy cuenta que no ha llegado nadie. Del andén se ve una muchacha que baja de una camioneta con un niño, es Natalia con su hijo, y el de la camioneta es Leandro, que la despide con una sonrisa, que en nada se parece a la expresión de su rostro madrugado. Abro la reja para que Natalia con su niño pasen, me saluda con un "buenas" mirando al suelo, no da la cara, aunque tampoco lo espero y bueno, más atrás viene Ricardo con mi abuela, entra mi abuela y atrás Ricardo y me saluda con una sonrisa amplia y un "traje la cerveza" y así, parece que será una buena reunión.
Sigo sin trabajo, voy para un mes deambulando en miserias de empleos miserablemente pagos, con algunos ahorros ínfimos solvento algunos gastos básicos que no pueden pasarse por alto dentro de la vida de alguien que piensa en destruirse más rápido de lo que la vida misma acaba. Sí, suena a veces a desperdicio pero sin placer no hay tiempo. Es lo que a veces pienso.
En ocasiones se me ocurre hacer un diario, escribir cada cosa que me parezca interesante, interesante que me haya sucedido. De vez en cuando lo considero, pero bien, como muchos, tengo un Blog insípido.
Deben estarle pasando muchas cosas fantásticas a la gente allá afuera, detenerse en un solo ser cuya redacción no es muy buena parece ser una manera poco agradable de perder el tiempo.
No sé porqué se me ocurren introducciones a algo tan mínimo pero a la vez tan común que narraré del modo más breve.
Creo que fue a eso de las cinco y media de la mañana de hoy. Luego de haber venido de horas de habladuría y bebidas con amigos con los que había jugado la mañana de ayer (por lo que estaba sucio, mugroso y cansado), unos veinte minutos después de haberme bañado, organizado la ropa y tal, caí en la cama como peso muerto. No recuerdo haber visto el reloj despertador antes de caer en cuenta que no estaba borracho y que sólo era cansancio lo que me atrapaba en la cama; tampoco recuerdo pensar mucho ni hacer cálculos de tiempo, por lo que quizá estaría boca abajo despierto, no sé, unos diez o veinte minutos (?) antes de cerrar los ojos hasta que volviera a salir el sol, no obstante, el acto fue interrumpido por tremendos alaridos, chillidos y gritos que provenían de algún lado fuera del cuarto. Por un momento creí que se trataba del radio que se había activado con la alarma de las seis, o seis y media (sí, los desempleados también nos levantamos temprano esperanzados en que algo bueno pasará en el día, bueno al menos eso creo generalizando mi actuar para con los demás). Aturdido por el cansancio y el ron que no había acabado de reposar me levanté suavemente de la cama y esperé a que se volviera a repetir, salí del cuarto sigilosamente con la vaga idea de que mi cabeza no me estuviera jugando sucio con alguna alucinación auditiva, qué se yo, como cuando uno cree escuchar su nombre a lo lejos pronunciado por alguna voz familiar para al final darse cuenta que es sólo la imaginación, o en el peor de los casos fuera cierta la llamada de aquella persona conocida y la ignoráramos por estar acostumbrado a estos juegos de la mente. Con aquella intermitente expectativa iba suavemente a la puerta de la casa por entre las pocas sombras que quedaban a esas horas de la mañana -noche aún para mí, y vuelven a escucharse esos gritos horrendos, no había espacio para vacilaciones: era cierto, algo pasaba fuera de la casa.
Salí a las escaleras (pues vivo con mi mamá en un pequeño edificio y su apartamento está en el segundo piso) con lo que tenía puesto para dormir y escuché unos pasos que venían del tercer o cuarto piso y bajaban: dos mujeres y un hombre alcancé a identificar a juzgar por los tonos. Regresé a la casa, cerré la puerta y corrí mientras que escuchaba sólo en mis recuerdos el sonido metálico de una motosierra, algo cortante, irremediable, distorsionado, como ciertos acordes de guitara; no sé porqué se me vinieron a la mente esos sonidos pero estaba seguro de lo que venía a hacer a la casa nuevamente.
Ya en el cuarto, me puse una pantaloneta y cogí el cuchillo que guardo debajo del colchón que guardo allí desde que comencé a tener esas pesadillas en donde venían a matarme sin razón aparente (no fueron muchos los días de pesadillas, pero creo que es un hábito heredado de mi abuelo, o mi tío Raymundo a quien en dos ocasiones intentaron matarlo por líos que aún no sé si es que ha sido por una buena explicación de su parte o tal vez es que no le he entendido). El cuchilló lo aseguré con el elástico de la cintura y regresaba con la misma prisa al área de las escaleras cuando me tropecé en el pasillo de los cuartos con mi hermano (quien esporádicamente duerme aquí) y más adelante con mi mamá desnuda y acababa de levantarse brincando de la cama a ver la situación y no le importó siquiera vestirse para salir, "¡es una persona la que está en peligro, mijo!" me contestó cuando le recomendé que se pusiera algo mientras la adelanté en el paso a las escaleras. "Tráeme la sábana, esa de secar toalla, blanca", porque es así como suele hablar mi mamá. Me desespera, porque es poco clara, ya no le contesto ni pregunto a lo que se refiere por aquello de la tolerancia y porque puedo ser golpeado con sus palabras y sus relampagueantes insultos, igualmente motivados por mi aparente ineficiencia en dichos momentos. Volví a entrar y deduciendo durante los tres o cinco pasos en velocidad que alcanzan la longitud de mis piernas, que se trataba de "cualquier manta o tejido que sirviera para taparle su cuerpo", tomé una sábana que vi en el sofá de la sala y cuando regresaba al pabellón de los apartamentos pensé o dije -no estoy seguro cuál de las dos por el ron en la cabeza, "no volverá a pasar".
Y es que yo me había dicho a mí mismo que no me metería más en una situación de esas por inconvenientes en el pasado donde siempre terminaba yo como el más perjudicado, como he contado otras veces no sólo aquí. Fue el chillido de "¡suéltala Leandro!" y el "¡Natalia, deja de gritarle para que se vaya de una vez!" -alaridos que recuerdo o por lo menos llegué a entender-, los que me hicieron salir en busca de una tragedia.
Luego de traspasar la puerta, adelantar a mi mamá y durante aquello hacer el gesto de taparla con la sábana que rechazó con el gesto para seguir andando encuera por el edificio, me di cuenta que la escena se estaba trasladando al primer piso puesto que una joven -que minutos después me enteraría que se llamaba Natalia y era mi vecina, a quien, en los tres meses que llevo viviendo aquí, no recuerdo haber visto antes, pero que supongo que sería una de esas cosas que vienen con las sociedades donde la individualidad del sujeto es lo que prima sobre cualquier otro aspecto- se hallaba bajando las escaleras a gateo.
"¡Que tú eres un hombre y ella es una mujer!" recuerdo que decía la otra voz que gritaba mientras buscaba el lugar de dónde se emitía; mientras tanto, Natalia se encontraba casi en el reposo de las escaleras que daban al primer piso, con la cabeza mirando al suelo era imposible verle el rostro y examinarla desde lejos. "¡Métela a su casa! ¡Rápido!" me gritó mi mamá, para no molestarla ni siquiera le repliqué que no tenía ni la más mínima idea de dónde vivía, o si acaso vivía en el edificio. Lo que hice fue bajar de dos pasos ocho escalones hacia donde ella estaba, agacharme y levantarle el rostro con mis dedos desde el mentón y examinarle el rostro, lo tenía hinchado hacia un lado o tal vez fue mi percepción ya que tenía la cara inclinada hacia uno de los hombros mientras lloraba y gritaba. A la vez, mi mamá preguntaba, dando gritos, por una niña, de la cual tampoco tengo idea. Sólo unos segundos duró esto cuando me decidí por cargarla del modo en que mejor se me ocurrió: por los brazos, la traje a la sala y regresé corriendo a las escaleras corriendo con aquél sonido estridente entre bajo y agudo en mi mente.
Subí dos pisos a revisar lo que sea que fuere: vestigios de un ataque, otras personas, no sé, en resumidas cuentas: explicaciones. Arriba sólo encontré los restos de lo que era un celular de alta gama. Bajé los tres pisos a la entrada del edificio y encontré en el umbral a un tipo corpulento, de tal vez 1,80 sosteniéndose con un brazo a la pared que daba con las escaleras para los apartamentos, lo miré, pero no fue capaz de verme a los ojos, se veía de quizá unos cuarenta años, y se notaba cansado. No le dije nada, como si se me hubiera ocurrido algo sensato en esos momentos por decirle, así que segundos más tarde seguí rápidamente a la puerta del edificio y mientras me preguntaba el cómo habría podido acceder ya la reja de la entrada principal estaba abierta y venían dos agentes entrando: un hombre y una mujer, ambos con sus manos derechas sobre las armas de dotación respectivamente. Los saludé de "buenas noches" aunque el sola ya estuviera cortando ojos, se me adelantaron y yo seguí hacia el camino que conduce a la puerta de hierro: no vi a nadie más que pudiera representar un peligro.
Al regresar al edificio y al área para subir a los apartamentos estaba el mismo tipo siendo interrogado por la policía, y éste sólo respondía: "un celular, mi celular, se partió, pero ella no me lo quería dar, el de ella, eso fue todo". No era muy claro, pero a medida que voy subiendo las escaleras para finalmente regresar para dormir mis seis horas, escucho que el agente le pregunta: "¿tiene salvoconducto para ese arma?". No había caído en cuenta de la importancia de ésta pregunta sino hasta hace poco, al levantarme.
Cuando me encuentro en la puerta de la casa, ésta está trabada con todos los cerrojos y mientras timbro me gritan desde adentro "espere, espere", mas no logro identificar la voz. Mi hermano me abre y la escena parece algo íntima, la vecina y otra muchacha que jamás había visto tampoco hablando con mi mamá sobre lo sucedido, los detalles. Caminando despacio, calmado, hacia el cuarto escucho "mira, mijo, ésta era la que te decía -mi mamá haciendo referencia a su bata de baño que tenía puesta y que nunca había visto-; tráele a la señora la cosa esa que echa brisa, aire", por lo que sigo hacia la habitación y saco el ventilador, pues creo que era a eso lo que se refería, "gracias y tráele ahora agua", agregaba mi mamá.
Al acostarme nuevamente escucho toda la conversación, no me deja dormir aquél tono de voz. Al menos ya aquél sonido de ropa que se rasga no deambulaba por mi mente. Ella había terminado con él y éste se negaba a aceptar su decisión, por lo que con una copia de la reja del edificio irrumpió aquí y con una tarjeta había abierto la puerta de su apartamento para quitarle su teléfono celular y destruirlo contra la pared del pasillo, razón por la cual ella le gritó un "estúpido, animal" que seguramente se oyó por todos los pisos del conjunto y a nadie levantó salvo a nosotros. Los calificativos que usó Natalia hicieron que a Leandro se le diera por ahorcarla contra la pared del pasillo de la casa de su amor hasta dejarla morada y no bastaron los gritos y golpes de la amiga con la que estaba pasando el rato Natalia, para calmarlo. "¡Suéltala Leandro!" me levantó e hizo que me pusiera en pie de un brinco para salir. "Nunca se había portado así -agregaba Natalia-. Me mandó toda la noche y la madrugada mensajes de texto donde me amenazaba, que iba a matar a la supuesta persona con la que yo estaba y que luego me iba a matar a mí. Que le fuera sincera -decía entre sollozos y gemidos muy altos-". Ahí fue que recordé lo del arma, había venido para matarla y quién sabe qué o quién le habría impedido lograr su cometido. Probablemente haya sido la llamada de la amiga de Natalia a la policía, o un arrepentimiento en último momento, no lo sé. "Jamás se había puesto así, creo que estaba armado -agregaba una Natalia más calmada-. Yo sólo le había terminado porque me había dado cuenta que no me convenía, no tiene profesión, no hace nada, tiene treinta años y es un consentido de sus papás que tienen mucho dinero; son dueños de hoteles, tiendas, carnicerías y almacenes; eso no me parece un buen ejemplo para mi hijo. Sólo le terminé por eso". El timbre sonó y era la policía, lo sabía por las voces de los agentes, guardé el cuchillo otra vez debajo del colchón. Salí a la sala y vi que mi hermano les estaba preparando unas infusiones con las yerbas que tiene sembradas en la jardinera del balcón, las dos mujeres lloraban: una por el ataque y la otra por su amiga. "Nosotras quisimos huir, pero él nos perseguía -agregó la visita de la vecina-, aún así, los llamé -refiriéndose a los dos agentes que ya estaban dentro de la casa-". Siéntense -les dijo mi mamá, "¿dónde está el señor aquél?, que lo va a denunciar la niña. Por cierto, ¿dónde está tu niño?" "Está durmiendo -respondió Natalia". "El señor está allí sentado, en las escaleras -respondió también el policía mientras lo miraba desde la sala-. Dice que usted le rayó el carro y que por eso vino a reclamarle". En ese momento me asomé a ver al sujeto, que estaba custodiado por otros policías que habían llegado, allí, en las escaleras. Tenía cara de ira y cansancio, no parecía de treinta años como decía la vecina, siempre me pareció de más edad, me miró y pude sentir el odio por su mirada, a la vez que su incomprensión de la situación. Allí, me vine a acostar, deseando que las cosas fueran a mejor debido a que la policía ya tenía las manos en el asunto y podía dormir seguro.
Hoy 17 de febrero es el cumpleaños de mi mamá, no lo había olvidado, de lo contrario, estaría durmiendo en otro sitio. Sólo he dormido cuatro horas, pero me siento repuesto.
Comienza a llegar la gente a felicitar a mi mamá. "Ábrele a tu tío Ricardo, que vino con tu abuela -me pide mi mamá". Al bajar, en toda la puerta, me doy cuenta que no ha llegado nadie. Del andén se ve una muchacha que baja de una camioneta con un niño, es Natalia con su hijo, y el de la camioneta es Leandro, que la despide con una sonrisa, que en nada se parece a la expresión de su rostro madrugado. Abro la reja para que Natalia con su niño pasen, me saluda con un "buenas" mirando al suelo, no da la cara, aunque tampoco lo espero y bueno, más atrás viene Ricardo con mi abuela, entra mi abuela y atrás Ricardo y me saluda con una sonrisa amplia y un "traje la cerveza" y así, parece que será una buena reunión.
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ANECDOTAS DE DIAS CUALQUIERAS
jueves, 29 de marzo de 2012
Me acuerdo de Juana
Juana. Fue el primero que se me ocurrió, frente a Petrona, Candelaria, Casimira y otros aparentemente en desuso, puesto que los de moda, por estos días son Isabela, Valentina y no recuerdo qué otros cuya terminación es "i" o "is" (tales como Meidys, Madis, Leidis, Yurani, etc.).
Juana fue simplemente el nombre que decidí utilizar aunque no fuera el suyo real. Dicho sea de paso, no recuerdo su nombre verdadero.
Nos conocimos en el 2005 y no nos hemos vuelto a ver desde el mismo año.
Hoy, aún, a la fecha: 29 de marzo de 2012 la busco y escudriño con mi vista de rinoceronte por si está entre la masa; siempre en vano.
Intento encontrar la figura sin garbo, flaca, alta, peliroja, pecosa, trigueña, ojos castaños, risa estridente y sonrisa tímida que la conforman. Siempre en vano.
Así como llegó, así se fue. A veces creo que fue un truco de mi imaginación, que fue un recuerdo sugestionado por mí mismo de una fantasía que tuve, que nunca existió ese ser corpóreo más allá de mi mente. Pero, de ser así, no tuviera lo único que me ha dejado para recordarla más allá de lo que me acuerde: una manilla.
Porque recuerdos siempre hay, y muchos, generalmente acompañados de nostalgia y emoción, siempre intensos. Es el recuerdo de una relación que estalló como cualquier materia combustible hasta consumirse cual fulminante que encandila más por su luminosidad que por su calor.
Y, es que todo con ella fue así: rápido, fugaz, afanoso.
Así nos conocimos, le puse Juana porque ya la había visto por la Universidad de Bellas Artes con una tabla de dibujo y tenía que identificarla de alguna manera. Solo pasaba por esa calle para verla y si al fin, me atrevía a hablarle. Todos los días era la misma rutina. De ese modo, un mes. No había conocido tal timidez hasta entonces. Hasta que un viernes, nos cruzamos y en una de esas miradas de perra rabiosa e inquieta, penetrante me dijo: ¡cuidao que pisas la mierda de caballo que tienes al frente! Sonreí como imbécil y sin decir una palabra ya la había pisado, por lo que tuve que sentarme y buscar conversación con la Juana. Nos presentamos y al rato ya estábamos hablando compulsivamente hasta de las tonalidades de la mierda y las pendejadas que pintaba, incluyendo mis comentarios más idiotas. Eso fue como encontrar un amigo que no veías hace mucho con el que compartías o tenías muchas cosas en común. Política, Dios, sociedad, música, filosofía, el mundo, tonterías al fin y al cabo. Arreglábamos, armámabamos y desarmábamos el mundo con cada palabra, matábamos gente, resucitábamos otra. Pocas veces he perdido la voz de tanto hablar en un mismo día.
Al día siguiente, y al siguiente, y después de ese, y el que viene, y con el que pasó, luego el que le continuaba; y así, pasaban los días y semanas, hablando y hablando, jamás nos despegábamos de algo que nació a partir de quién sabe qué, además de una pisada de mierda de caballo cochero. Simplemente estimulante como cualquier droga. Así era.
Nunca conocí su casa, su mal genio, su silencio, su orden, sus ideas coherentes, su cansancio, su quietud, su nombre. Nada de eso. Todo fue como un relámpago de rareza en medio del clima decembrino, donde nunca llueve por estas latitudes a menos que algún tipo de fenómeno (como ella) se atreva a perturbar-nos.
Nunca supe nada de ella, a decir verdad, jamás me atreví a decir que la conocí aunque siempre quise hacerlo.
Nunca supe para donde cogió.
Simplemente no la vi más y siempre me pregunté qué pasó además de la intensidad de nuestros encuentros.
A lo mejor fue eso: tan intenso que era una bomba de tiempo: la extinguió mi universo conocido y el de todos mis conocidos. Tal vez estaba aquella relación a ahogarse en la inmensidad del espacio. Ella: estudiante de artes plásticas, amante de vivir del instante, y yo, espectador aprendiz y curioso como rata hambrienta (voyeurista).
Juana fue simplemente el nombre que decidí utilizar aunque no fuera el suyo real. Dicho sea de paso, no recuerdo su nombre verdadero.
Nos conocimos en el 2005 y no nos hemos vuelto a ver desde el mismo año.
Hoy, aún, a la fecha: 29 de marzo de 2012 la busco y escudriño con mi vista de rinoceronte por si está entre la masa; siempre en vano.
Intento encontrar la figura sin garbo, flaca, alta, peliroja, pecosa, trigueña, ojos castaños, risa estridente y sonrisa tímida que la conforman. Siempre en vano.
Así como llegó, así se fue. A veces creo que fue un truco de mi imaginación, que fue un recuerdo sugestionado por mí mismo de una fantasía que tuve, que nunca existió ese ser corpóreo más allá de mi mente. Pero, de ser así, no tuviera lo único que me ha dejado para recordarla más allá de lo que me acuerde: una manilla.
Porque recuerdos siempre hay, y muchos, generalmente acompañados de nostalgia y emoción, siempre intensos. Es el recuerdo de una relación que estalló como cualquier materia combustible hasta consumirse cual fulminante que encandila más por su luminosidad que por su calor.
Y, es que todo con ella fue así: rápido, fugaz, afanoso.
Así nos conocimos, le puse Juana porque ya la había visto por la Universidad de Bellas Artes con una tabla de dibujo y tenía que identificarla de alguna manera. Solo pasaba por esa calle para verla y si al fin, me atrevía a hablarle. Todos los días era la misma rutina. De ese modo, un mes. No había conocido tal timidez hasta entonces. Hasta que un viernes, nos cruzamos y en una de esas miradas de perra rabiosa e inquieta, penetrante me dijo: ¡cuidao que pisas la mierda de caballo que tienes al frente! Sonreí como imbécil y sin decir una palabra ya la había pisado, por lo que tuve que sentarme y buscar conversación con la Juana. Nos presentamos y al rato ya estábamos hablando compulsivamente hasta de las tonalidades de la mierda y las pendejadas que pintaba, incluyendo mis comentarios más idiotas. Eso fue como encontrar un amigo que no veías hace mucho con el que compartías o tenías muchas cosas en común. Política, Dios, sociedad, música, filosofía, el mundo, tonterías al fin y al cabo. Arreglábamos, armámabamos y desarmábamos el mundo con cada palabra, matábamos gente, resucitábamos otra. Pocas veces he perdido la voz de tanto hablar en un mismo día.
Al día siguiente, y al siguiente, y después de ese, y el que viene, y con el que pasó, luego el que le continuaba; y así, pasaban los días y semanas, hablando y hablando, jamás nos despegábamos de algo que nació a partir de quién sabe qué, además de una pisada de mierda de caballo cochero. Simplemente estimulante como cualquier droga. Así era.
Nunca conocí su casa, su mal genio, su silencio, su orden, sus ideas coherentes, su cansancio, su quietud, su nombre. Nada de eso. Todo fue como un relámpago de rareza en medio del clima decembrino, donde nunca llueve por estas latitudes a menos que algún tipo de fenómeno (como ella) se atreva a perturbar-nos.
Nunca supe nada de ella, a decir verdad, jamás me atreví a decir que la conocí aunque siempre quise hacerlo.
Nunca supe para donde cogió.
Simplemente no la vi más y siempre me pregunté qué pasó además de la intensidad de nuestros encuentros.
A lo mejor fue eso: tan intenso que era una bomba de tiempo: la extinguió mi universo conocido y el de todos mis conocidos. Tal vez estaba aquella relación a ahogarse en la inmensidad del espacio. Ella: estudiante de artes plásticas, amante de vivir del instante, y yo, espectador aprendiz y curioso como rata hambrienta (voyeurista).
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ANECDOTAS DE DIAS CUALQUIERAS
domingo, 6 de diciembre de 2009
Un chino
Sí, sí, sí, y un millón de veces sí; que los chinos son miles de millones, de que su población masculina es unos puntos porcentuales mayor que la femenina, y que equivale a otros cientos de millones, que en el área rural no se puede tener más de un hijo, y de hacerlo serás multado con algunos cientos de miles de yenes; que los chinos son todos igualitos, y que a veces puedes confundirte a simple vista con su fisonomía para definir su género. Imaginar toda esa cantidad de gente caminando, corriendo, o simplemente existiendo; marea. Me despierta en ocasiones un sentimiento de anonimato agradable, paso previo a reflexiones sobre las mismas masas chinas, millones de personas pensando en ellas mismas, en los demás, en lo que harán, en lo que hicieron, y otro poco menos, en lo que hacen. Me importa un carajo, me importa mucho, etcétera.
¿A qué viene lo anterior? Al propósito de una conversación que tenía con unos amigos, sobre los chinos, política y la sensación que nos da de que la vida de los mismos en su región vale tanto como la hormiga sinvergüenza que acabo de pisar con el pulgar mientras intentaba robarme los restos del chocolate de anoche que están por el teclado. Así, el valor de nosotros por acá, en estas regiones donde buscamos en compañía del diablo el lugar donde dejó las chancletas, sería un poco más que la hormiga bandida que acaba de morir, por lo que sería algo entre garrapatas y comejenes. Ahora, lo de "me importa un carajo", es por lo de ese valor y comparaciones, entre otras vainas. Todas las vidas tienen el mismo valor: el que podamos pagar para finiquitarlas o darles sentido, de acuerdo a los significados que conformen nuestras creencias. A veces se nos podría olvidar que es tan frágil que...
En fin.
Me acordé del preescolar, estando recién llegado a Cartagena, eran los tiempos en los que todos nos conocíamos, y actuábamos bajo la inmunidad que sólo la infancia confiere: indulgencia absoluta. Me acuerdo que -si no me distraigo tanto con las hormigas que intentan picarme los dedos y las conversaciones que se dan afuera de este cuarto- en el colegio había una piscina que miraba todos los días a través de la ventana del salón en el que estaba, hasta que un día no aguanté más de sentirme tentado por los niños del curso superior que se bañaban todos los viernes tan felices ellos, que intenté tirarme con un perro callejero que pasaba acostado en la terraza del colegio, pero zas! Me agarraron en el clavado, pero "el basti", sí cayó dentro del agua. El basti era el perro callejero que me seguía a casi todos lados dentro del colegio, hasta cuando lo echaban a escobazos. Ese día me cambiaron del puesto de la ventana, para que no me sintiera más probocado por esas aguas color verdosas, llenas de mitos y orines de los de preescolar.
Me sentaron al lado de Vanessa, ella era una niña que siempre se sacaba los mocos y con el dedo índice me ofrecía diciéndome "toma", pero yo aplicaba lo que me decían mis abuelos: "no le aceptes nada a extraños, usted diga: no, gracias", ella me respondía algo como "bueno", y se los comía o los pegaba en la pared, la parte de abajo del pupitre, si llegaban a descubrirla. Por el otro lado, tenía a otra niña que nunca me hablaba, me ignoraba de hecho, y creo que se debía a que ella sabía que le gustaba, bueno, no lo niego, me gustaba bastante. Le dio rabia una vez que le dibujé un sol con monicongos y demás en el cuaderno ese ferrocarril, donde se suponía que uno mejorara la escritura. Sí, sí, le dio bastante rabia porque al día siguiente llegó la mamá con el cuadernito ese, que tenía incluso hasta un pulpo pintado, un pulpo con poderes y la cosa que yo hice. Total que a la niña llorando, la pasaron para mi puesto favorito, al lado de la ventana, y diagonal estaba Natalia, si mal no recuerdo, al menos una conocida, ah, y del otro lado estaba la gentil Vanessa que me ofrecía en ocasiones jugos y cosas por el estilo, además de sus mocos con sabor a gaseosa de uva.
Así, pasaron los días de clase, tan entretenidos y tan extraños por todo lo nuevo que a veces creía que tanta información me haría crecer el cerebro, y por ende, la cabeza, de manera tan desproporcionada que no podría con ella. Me gustaba estar en la casa de mi abuela porque había tanto monte ahí, que a veces aparecían ardillas, culebras, armadillos, boas y hasta murciélagos que no llegaba a entender cómo no le gustaban a los amigos y vecinos de por ahí, esas alegrías y satisfacciones efímeras de deleitarse con todo lo que te aparecía de manera repentina, de sorpresa; como la vez en que llegó Pepe, un cachorrito que me levantó un día común y corriente, pero que terminó convirtiéndose en una fiera malgeniada, que solo a pocos no nos gruñía.
De esa manera, llegó un chino al colegio. Sí, casualmente en el lugar opuesto al que se encontraba la amable Vanessa, y por donde se sentaron Margarita, Reynaldo, Luisa y otros que huyeron por el calor que hacía en esa parte del salón, sin contar "pequeñas diferencias" como las de aquella niña que me gustaba y que no me acuerdo cómo se llamaba.
No tengo tampoco la menor idea de cómo se llamaba el chino aquél, y si era chino en realidad, ya que el calificativo que tiene todo aquél que escribe de la manera que, bueno, todos sabemos, "esos símbolos", con ojos rasgados y pelo liso. Podría ser incluso japonés, filipino o malayo, pero no, era chino. También estadounidense, francés o lo que fuera, de ascendencia asiática o de esos rasgos, pero no, era chino. Me importaba poco de dónde fuera en ese tiempo. Tal vez lo que más me importaba era que nos entendiéramos, ya que no comprendía ni mierda lo que decía, yo le contestaba en castellano y Vanessa le daba la bienvenida a su manera. El aceptó la ofrenda de Vanessa, y agachó la cabeza haciendo una cantidad de sonidos ininteligibles, y no le contestamos nada, sonreímos, y él volteó al tablero. Al rato, cayó rendido en el pupitre, durmiendo y hasta roncando, no me explicaba cómo él podía emitir una cantidad de sonidos que no comprendíamos y luego dormirse a cada rato en clases sin recibir ninguna amonestación, regaño, o como por lo menos hicieron conmigo: trasladarme de mi puesto predilecto en la ventana, con la brisa, los cangrejos, el basti, y otras vainas, bajo la excusa que me distraían mucho.
Reynaldo, fue el que estalló y le dijo a la profesora: "Seño', el niño de aquí se pasa durmiendo, digo, se durmió seño, véalo ve". Claro, no faltó tampoco el carbonero, es decir, yo: "y por qué él sí puede dormir, y yo no!?". Todas esas denuncias fueron silenciadas con un: "niños, es que su compañerito viene de muy lejos y para llegar allá son como dos días". Ya con eso, era suficiente, para saber que eso estaba más lejos que la finca de mis abuelos, o de Mompós, de dónde yo venía, a medio día de distancia, y en tres medios de transporte distintos.
Con el paso de los días, el chino se convirtió en uno de mis amigos más cercanos, siempre llegaba temprano, y nunca se dormía. Me acuerdo las fructíferas conversaciones que tenía con él, en donde simplemente yo lo imitaba o vicecersa. La primera palabra que yo me acuerdo que dijo en castellano, fue para llamar al Basti, "oye, ese es el Basti, Baaaaaaasti, di", él repitió: "Baaaaaatiii", apareció de una el perro lleno de garrapatas, sarna y llagas, moviendo la cola y olfateándonos rápidamente con el fin de quitarnos algo de comer, antes de que el sonido de la escoba acechando lo espantara.
Me gustaban sus cuadernos, que tenían una cantidad de colores y hologramas que podían hacer que tus ojos estallaran, incluso, en las mañanas, nos recibía a mí y a Vanessa con vasitos de gelatina donde aparecían pulpos, árboles y fruticas muertas de la risa, y con una cantidad de rayas y curvas, que luego comprendería que eran las letras de su idioma. Vanessa ya no me recibía con mocos, sino que los intercambiaba con el chino por esos vasitos de gelatina, que tenían su propia técnica para engullirlos.
Por cosas de Vishnu, el preescolar acabó y pasamos a primaria, donde no lo vi más, hasta que, cuatro años después, yo jugaba en una escuela de fútbol, y sería defensa, mientras me ponía los guayos, apareció otro muchacho con el bolso lleno, como el chino, de las gelatinitas aquellas, que empezó a ponerse unos guayos como yo, solo que, más pequeños, mientras los míos decían "Guayigol" los de él decían otra cantidad de cosas que al parecer era "chino", me levanté, y el chino también, me abrazó y luego se apartó un poco, bajó la cabeza y dijo una cantidad de cosas en su lengua. Aunque igualmente no le entendí mucho y le hablé en castellano, como siempre, sabía que ese era mi amigo, el de las gelatinas, que traían fruticas adentro, y que se entendió conmigo a pesar de que nunca le oí castellano, salvo lo que balbuceaba que había aprendido con nosotros, entre otras cosas. La diferencia no sería mucha, cuatro años después, me regaló la bolsa de gelatinas de imágenes explosivas que traía consigo, no hablaba más que antes el castellano, y era malísimo jugando fútbol, mucho más que yo.
Veinte o quince años después vería al fin las gelatinas distribuídas acá de manera legal, y con nombres en inglés de los sabores, a diferencia del chino, quién desde el día que nos encontramos en la cancha, no he visto más.
¿A qué viene lo anterior? Al propósito de una conversación que tenía con unos amigos, sobre los chinos, política y la sensación que nos da de que la vida de los mismos en su región vale tanto como la hormiga sinvergüenza que acabo de pisar con el pulgar mientras intentaba robarme los restos del chocolate de anoche que están por el teclado. Así, el valor de nosotros por acá, en estas regiones donde buscamos en compañía del diablo el lugar donde dejó las chancletas, sería un poco más que la hormiga bandida que acaba de morir, por lo que sería algo entre garrapatas y comejenes. Ahora, lo de "me importa un carajo", es por lo de ese valor y comparaciones, entre otras vainas. Todas las vidas tienen el mismo valor: el que podamos pagar para finiquitarlas o darles sentido, de acuerdo a los significados que conformen nuestras creencias. A veces se nos podría olvidar que es tan frágil que...
En fin.
Me acordé del preescolar, estando recién llegado a Cartagena, eran los tiempos en los que todos nos conocíamos, y actuábamos bajo la inmunidad que sólo la infancia confiere: indulgencia absoluta. Me acuerdo que -si no me distraigo tanto con las hormigas que intentan picarme los dedos y las conversaciones que se dan afuera de este cuarto- en el colegio había una piscina que miraba todos los días a través de la ventana del salón en el que estaba, hasta que un día no aguanté más de sentirme tentado por los niños del curso superior que se bañaban todos los viernes tan felices ellos, que intenté tirarme con un perro callejero que pasaba acostado en la terraza del colegio, pero zas! Me agarraron en el clavado, pero "el basti", sí cayó dentro del agua. El basti era el perro callejero que me seguía a casi todos lados dentro del colegio, hasta cuando lo echaban a escobazos. Ese día me cambiaron del puesto de la ventana, para que no me sintiera más probocado por esas aguas color verdosas, llenas de mitos y orines de los de preescolar.
Me sentaron al lado de Vanessa, ella era una niña que siempre se sacaba los mocos y con el dedo índice me ofrecía diciéndome "toma", pero yo aplicaba lo que me decían mis abuelos: "no le aceptes nada a extraños, usted diga: no, gracias", ella me respondía algo como "bueno", y se los comía o los pegaba en la pared, la parte de abajo del pupitre, si llegaban a descubrirla. Por el otro lado, tenía a otra niña que nunca me hablaba, me ignoraba de hecho, y creo que se debía a que ella sabía que le gustaba, bueno, no lo niego, me gustaba bastante. Le dio rabia una vez que le dibujé un sol con monicongos y demás en el cuaderno ese ferrocarril, donde se suponía que uno mejorara la escritura. Sí, sí, le dio bastante rabia porque al día siguiente llegó la mamá con el cuadernito ese, que tenía incluso hasta un pulpo pintado, un pulpo con poderes y la cosa que yo hice. Total que a la niña llorando, la pasaron para mi puesto favorito, al lado de la ventana, y diagonal estaba Natalia, si mal no recuerdo, al menos una conocida, ah, y del otro lado estaba la gentil Vanessa que me ofrecía en ocasiones jugos y cosas por el estilo, además de sus mocos con sabor a gaseosa de uva.
Así, pasaron los días de clase, tan entretenidos y tan extraños por todo lo nuevo que a veces creía que tanta información me haría crecer el cerebro, y por ende, la cabeza, de manera tan desproporcionada que no podría con ella. Me gustaba estar en la casa de mi abuela porque había tanto monte ahí, que a veces aparecían ardillas, culebras, armadillos, boas y hasta murciélagos que no llegaba a entender cómo no le gustaban a los amigos y vecinos de por ahí, esas alegrías y satisfacciones efímeras de deleitarse con todo lo que te aparecía de manera repentina, de sorpresa; como la vez en que llegó Pepe, un cachorrito que me levantó un día común y corriente, pero que terminó convirtiéndose en una fiera malgeniada, que solo a pocos no nos gruñía.
De esa manera, llegó un chino al colegio. Sí, casualmente en el lugar opuesto al que se encontraba la amable Vanessa, y por donde se sentaron Margarita, Reynaldo, Luisa y otros que huyeron por el calor que hacía en esa parte del salón, sin contar "pequeñas diferencias" como las de aquella niña que me gustaba y que no me acuerdo cómo se llamaba.
No tengo tampoco la menor idea de cómo se llamaba el chino aquél, y si era chino en realidad, ya que el calificativo que tiene todo aquél que escribe de la manera que, bueno, todos sabemos, "esos símbolos", con ojos rasgados y pelo liso. Podría ser incluso japonés, filipino o malayo, pero no, era chino. También estadounidense, francés o lo que fuera, de ascendencia asiática o de esos rasgos, pero no, era chino. Me importaba poco de dónde fuera en ese tiempo. Tal vez lo que más me importaba era que nos entendiéramos, ya que no comprendía ni mierda lo que decía, yo le contestaba en castellano y Vanessa le daba la bienvenida a su manera. El aceptó la ofrenda de Vanessa, y agachó la cabeza haciendo una cantidad de sonidos ininteligibles, y no le contestamos nada, sonreímos, y él volteó al tablero. Al rato, cayó rendido en el pupitre, durmiendo y hasta roncando, no me explicaba cómo él podía emitir una cantidad de sonidos que no comprendíamos y luego dormirse a cada rato en clases sin recibir ninguna amonestación, regaño, o como por lo menos hicieron conmigo: trasladarme de mi puesto predilecto en la ventana, con la brisa, los cangrejos, el basti, y otras vainas, bajo la excusa que me distraían mucho.
Reynaldo, fue el que estalló y le dijo a la profesora: "Seño', el niño de aquí se pasa durmiendo, digo, se durmió seño, véalo ve". Claro, no faltó tampoco el carbonero, es decir, yo: "y por qué él sí puede dormir, y yo no!?". Todas esas denuncias fueron silenciadas con un: "niños, es que su compañerito viene de muy lejos y para llegar allá son como dos días". Ya con eso, era suficiente, para saber que eso estaba más lejos que la finca de mis abuelos, o de Mompós, de dónde yo venía, a medio día de distancia, y en tres medios de transporte distintos.
Con el paso de los días, el chino se convirtió en uno de mis amigos más cercanos, siempre llegaba temprano, y nunca se dormía. Me acuerdo las fructíferas conversaciones que tenía con él, en donde simplemente yo lo imitaba o vicecersa. La primera palabra que yo me acuerdo que dijo en castellano, fue para llamar al Basti, "oye, ese es el Basti, Baaaaaaasti, di", él repitió: "Baaaaaatiii", apareció de una el perro lleno de garrapatas, sarna y llagas, moviendo la cola y olfateándonos rápidamente con el fin de quitarnos algo de comer, antes de que el sonido de la escoba acechando lo espantara.
Me gustaban sus cuadernos, que tenían una cantidad de colores y hologramas que podían hacer que tus ojos estallaran, incluso, en las mañanas, nos recibía a mí y a Vanessa con vasitos de gelatina donde aparecían pulpos, árboles y fruticas muertas de la risa, y con una cantidad de rayas y curvas, que luego comprendería que eran las letras de su idioma. Vanessa ya no me recibía con mocos, sino que los intercambiaba con el chino por esos vasitos de gelatina, que tenían su propia técnica para engullirlos.
Por cosas de Vishnu, el preescolar acabó y pasamos a primaria, donde no lo vi más, hasta que, cuatro años después, yo jugaba en una escuela de fútbol, y sería defensa, mientras me ponía los guayos, apareció otro muchacho con el bolso lleno, como el chino, de las gelatinitas aquellas, que empezó a ponerse unos guayos como yo, solo que, más pequeños, mientras los míos decían "Guayigol" los de él decían otra cantidad de cosas que al parecer era "chino", me levanté, y el chino también, me abrazó y luego se apartó un poco, bajó la cabeza y dijo una cantidad de cosas en su lengua. Aunque igualmente no le entendí mucho y le hablé en castellano, como siempre, sabía que ese era mi amigo, el de las gelatinas, que traían fruticas adentro, y que se entendió conmigo a pesar de que nunca le oí castellano, salvo lo que balbuceaba que había aprendido con nosotros, entre otras cosas. La diferencia no sería mucha, cuatro años después, me regaló la bolsa de gelatinas de imágenes explosivas que traía consigo, no hablaba más que antes el castellano, y era malísimo jugando fútbol, mucho más que yo.
Veinte o quince años después vería al fin las gelatinas distribuídas acá de manera legal, y con nombres en inglés de los sabores, a diferencia del chino, quién desde el día que nos encontramos en la cancha, no he visto más.
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ANECDOTAS DE DIAS CUALQUIERAS
sábado, 18 de abril de 2009
¿Nos pillaron?
A decir verdad, contaré de la manera más breve lo que pasó, lo que yo viví para los días en que clausaron el salón de arte en 11°. Cada vez que nos reunimos algunos de los que nos graduamos y los que no, me preguntan principalmente dos cosas: quién fue el creador de la Gran Fortaleza de Mierda, el artífice de tal castillo; y cómo fue el día que nos volvimos invisibles por el salón de artes plásticas. Para lo primero, sólo deben darle clic a este vínculo: http://hundelatecla.blogspot.com/2007/01/el-misterio-de-las-suculentas-plastas.html algunos han quedado satisfechos con el recuento, otros no, mientras que otros se enteraron de la existencia de fuertes y murallas de mierda. Ahora, para lo segundo, es lo que narraré a partir de mi experiencia. He de decir que surgen otras preguntas además de ésta de la que me encargaré ahora, como los vínculos de placer entre el Ñato y el Nelly, el pacto del Ñato y el Pombo, el origen de la especie Xantosomas o Ñame espino, y la traición del Sr. Cangrejo hacia mí. En fin, pero la de la magia es la que me parece más agradable ahora, además, que se me estaba olvidando ese día tan fugaz.
Eran días de invierno, calientes y húmedos como a lo mejor sería el infierno, sea como fuera, no estábamos muy lejos, es decir, estábamos en Cartagena. Así como el clima mermaba hasta el desplazamiento de los pocos tiburones que viven en el fondo de la bahía, hacía hervir el caldo hormonal de cualquiera entre los 13 y 18 años: un afrodisíaco que retrasa cualquier comprensión de la lógica del mundo, lo único que hay que entender es que tienes la mente nublada y debes quitarte de encima esa molestia que se junta con el bochorno del clima, te está sancochando poco a poco.
Al ser un estudiante nuevo, y en último año, no eran muchos los conocidos que me pudieran explicar el funcionamiento de ciertas cosas, en otras palabras, el maní del asunto. Apenas comenzaba a hacer alianzas con el Ñato, el Rafa, el Corrupto y otros, menos el Oscar, quien era el encargado de hacer el aseo de otros sectores del colegio distintos a los de bachillerato; además, no es que me cayera muy bien que digamos, también en ocasiones anteriores me había sapeado volando clases, o simplemente no lo estaba haciendo, pero para evitar sospechas, se lo decía a cualquier coordinador, como el Ñame, y... no sé, algún profesor que estuviera por ahí, como... el Ñame. No joda, la verdad es que ella siempre andaba todos lados, no sé de dónde salía y de dónde la traía Oscar, pero siempre aparecía, de entre las matas, de detrás de las puertas, de los baños; esa cuasi-omnipresencia era recalcada por las invocaciones y quejas del Oscar. Por otra parte, el Ñato me advertía del carácter batracio de Oscar, y a pesar que me gusta comprobar las cosas por mí mismo, era mejor seguir el consejo del sabio.
En algunas oportunidades, me daba cuenta de ciertos movimientos, pelaos que corrían de un momento a otro con un aparente sinsentido, generalmente en horas de clases, nada que no clasificara como correndillas espontáneas, sin norte ni sur. Cuando salía a la cafetería o al baño, me daba cuenta de tales maratones, hasta que empecé a notar ciertos patrones en tal conducta, como por ejemplo, que casi siempre eran los mismos (aunque no me sabía sus nombres ni apellidos de casi todos), corrían siempre en una dirección: hacia el segundo piso, donde quedaba el salón de artes plásticas; y generalmente me saludaban con un ¿hey, qué, todo bien, no la llevas?; y sí, fue en esos días de invierno. Fueron por esos días cuando dos cosas me hicieron sospechar de la correndilla: el ¿hey, qué, todo bien?, transformado a un "hey qué, ¿no vas a subir? Siempre quieres andar apartado de todo, y no sabes de lo que te estás perdiendo", y el hecho de que ese día, ese medio día del miércoles llovió y la sensación común era como estar dentro de un congelador, pero algunos de los de la correndilla llegaron sudados. Era una contradicción, el termómetro decía 22 °C y éstos sudandos. Eso estaba raro, sin contar que llegaban siempre los mismos, tarde a las clases de Icho (se llamaba Isabel también, pero era conocida más como Icho, me imagino que también sería para no confudirla con la otra Isabel, o sea, el Ñame). Icho no aguantaba la curiosidad -ni yo-, además que le tocaba indagar el porqué de aquella correndilla.
Uno de esos días decidí irme antes de que llegara Icho, al salón de artística detrás de la correndilla aquella. Algo en común: todos eran hombres y a todos los conocía. Recuerdo que era un miércoles, y de pronto me dijo uno de los 9 que estaban, que si mal no recuerdo, era Rodrigo: "llegamos justo a tiempo". A tiempo ¿para qué? -pregunté yo. ¿Si escuchas? -, los cuchicheos de las muchachas de 8º y 9º, que tenían clase de educación física y regresaban al baño. El cuartel voyeurista estaba en un sector del salón de arte, ubicado en un segundo piso olvidado y deshabitado, una especie de sanalejo o zaguán de las creaciones artísticas realizadas por manos inseguras de estudiantes, como también pude notar algunas pilas de mierda, a lo que me entraba la pregunta "¿eso es arte también?". Bien, en ese pequeño cuartico, al que se entraba luego de pasar ciertos recovecos de temas olvidados, nos montábamos en unos muebles, que eran como escaparates metálicos, imposible de identificar por el polvo que lo tinturaba. Al montarnos allí, sólo era medio mover una lámina de fibra del cielo raso para observar a las muchachas cambiarse y debatir con ahínco sobre temas tan relevantes como la forma de las tetas de una muchacha apodada "la caballona", entre otras. El calor era insoportable, mas el deseo de ver era mayor y permitía soportar cualquier temperatura, incluso dentro de los rangos de la muerte por deshidratación. Todo valía la pena. Todos luchábamos por el silencio y por el mejor lugar para ver, era muy reducido y la tecnología por aquellos entonces no facilitaba la comercialización, como hoy en día, de cámaras digitales tan baratas y con tanta resolución como hoy en día, así que el mejor registro, quedaba en la mente, a través del ojo desnudo. Todo iba bien, hasta pensaba en la posibilidad en volver un rito mi asistencia al área aquella, pero uno de mis compañeros y gran amigo, William, se quiso propasar en la observación, y casi nos tumba, la bulla que generamos hizo que escucháramos de la otra parte "¿muchachas, uds. no oyeron como unas voces?" -"sí, vienen como del techo". Una de ellas se intentó montar, mientras que las otras observaban con atención. Para ese momento, ya había comenzado la huída, y, creo que nunca había brincado tan alto y largo, desde un alto de 1 metro y medio, hasta la puerta de ese cuartico, que eran como tres metros más, para luego salir a la otra habitación. Mientras yo emprendía la huída, junto con los demás, que bajaban las escaleras, de a 5 escalones, me pregunté por William y José David, los que quedaban, y, cómo yo aún no había dado mis dos zancadas para bajar esas escaleras altísimas, me devolví a ver la situación anterior, y vislumbro a William hablando con la hermana de Natalia Farah, para que no dijera nada, pero, muy tarde, ya el daño estaba hecho, las otras habían gritado y se había alertado ya la profesora de gimnasia, quien muy rápido, había llegado hasta las escaleras que llevaban hasta el segundo piso, donde nos encontrábamos únicamente los tres para el momento. Les hice algunas señas a William para darle a entender que dejara de hablar bobadas y movimientos que buscaban acallar a la nena, ya era inminente la llegada de Yáis, la profesora, así que supuse que ellos vendrían, y en tres brincos, bajé las escaleras. Muy tarde. Ya estaba a pocos metros de allí para indagar la situación. Así que, busqué dónde sentarme o lo que sea con el fin de parecer que no estaba arriba. Así que encontré al Oscar, encargado del aseo, de quien el Ñato no me había dado ninguna buena referencia, éste estaba comiendo el desayuno que se había traído de su casa, tema de conversación: "tú mismo haces los bollos, Oscar?"- "no, éstos los compré, prueba..."; le vi un cortauñas, y mientras masticaba el bollo con timidez, "Oscar, préstame el cortauñas ése"; comencé a cortarme las uñas que ya no tenía, sin caer en cuenta del ruido que hacía el "tic" del trocito volando después de la cuchilla. Llegó Yáis: "no han visto bajar unos muchachos por aquí?", Los dos hicimos que no con la cabeza, e insatisfecha con ésto, subió, caminó los salones que estaban por allá, revisó sillas, mesas, aulas desocupadas y bajó mirándome con ojos de "algo sabes". Aproveché que se fue del área, para irme yo detrás. Los dejé a José David y a William allí. No habían sido visto. Lo demás estaba sencillo: regresar después de mí y ya. Entré al salón que teníamos, y después de unos cuántos regaños de Icho, todo estaba listo. Pasaba el tiempo, y ellos no llegaban. Sonó el timbre y me dije para mis adentros "¿Nos pillaron?". Justo de haber pensado aquello, llegaron José David y William, pror lo que enseguida les pregunté por lo que había pasado, a lo que me contaron que se escondieron detrás de un tablorero que estaba recostado a la pared, en uno de los salones desocupados, y Yáis pasó al lado de ellos, sospechando, una y otra vez que no podían haberse escondido muy lejos. Al rato de haber pasado por allí, ellos bajaron, pero cuál sería la sorpesa, que Yáis estaba en el pasillo esperándolos. Ni manera de no dejarse ver. Yáis, astuta, le dijo sin pruebas "sé lo que hicieron allá arriba. Quiero que me den los nombres de todos los que estaban", como ellos, como yo, manteníamos una buena relación con Yáis, le aseguraron que no se volvería a repetir, y así fue: los dejó ir con esa condición, y que no comentaran más del asunto, puesto que lo habían aceptado. Viéndolos yo, era como verme en el espejo: pálidos.
Semanas después, quise volver a entrar, pero ya estaban otros dos arriba, que enseguida me borraron las ilusiones: está clausurado el salón, regrésate.
Semanas después, quise volver a entrar, pero ya estaban otros dos arriba, que enseguida me borraron las ilusiones: está clausurado el salón, regrésate.
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ANECDOTAS DE DIAS CUALQUIERAS
sábado, 3 de febrero de 2007
Olaya, 13 de Junio, Pozón, Centro
Esa era la ruta que recorría el bus que en junio de 1993 me atropelló, dejándome en coma por 3 días, una semana aburrida en cuidados intensivos del Hospital Universitario de Cartagena (hoy reabierto y reestructuración: Hospital Universitario del Caribe) y 3 más en una habitación normal, para el gran total de un mes entonces. A decir verdad, las cifras no me las sé con fidelidad, porque hasta el sol de esta mañana, han pasado casi 14 años desde aquél día. El viejo mío tampoco se las sabe porque es de mala memoria (esa vaina como que es de familia) así que quienes pueden darme los datos veraces, con horas, minutos y segundos, son la vieja mía y mi abuela o mi tía, algunos de mis tíos de pronto, porque mi hermano nacería en diciembre de ese mismo año.Cuentan las leyendas (porque no me acuerdo de nada previo al despertar en la camilla) que un día, en la casa-finca de mis abuelos, me encontraba yo jugando en los palos (árboles) de ciruela y mango, cuando de repente aparece uno de mis amigos más cercanos en ese entonces: Johnatan, de quién no gustaban mucho en la casa por tratarse de alguien unos pares de años mayor que yo y por el rumor de su homosexualidad, bueno, todos los demás le pasaban mamando gallo por eso y mi abuelo le veía ciertas "caídas" según le escuchaba hablar a mi abuela. A mí no me importaba si Johnatan era marica o no, todavía poco me importa, pero en ese tiempo no entendía el término, así que imagínense a un niño como yo preguntando por esos días: "Johnatan, verdá que tú ere' hormo, homro, hornosersual, hormosexual, hornosensual?". Nunca me contestaba o se echaba a reír y me trataba de corregir, pero ajá, me imaginaba que era algo como una religión o algo así como de otra raza. Continuando con las leyendas, éste llegó donde yo estaba con Harold y Jaider (ya, no sé escribir esos nombres árabes), creo que el Jaider no estaba ahí según la historia, pero bueno, estábamos comiendo ciruelas y viendo para armar la casita (de ésto trataré de hacer un Bonus Track algún día) o el secuestro de muñecas (generalmente, a las que les faltaban un ojo o no tenían ropa, eran las más propensas por ser las más queridas por las niñas por aquella época), cuando mi abuelo ha llamado a Johnatán y éste va, y, según una corriente, éste me dijo a mí "acompáñame hey", y según otra corriente legendaria yo me le dui atrás para ver qué quería mi abuelo, ambas concuerdan en que Harold dijo "ñerda, ya está el viejo Víctor jodiendo, Johnatan, ves rápido pa' ve después qué hacemo". Cuando llegamos donde mi abuelo, éste le pidió el favor a Johnatan, que le fuera a comprar un paquete de cigarrillos al frente de la casa, cruzando la carretera, donde la vieja Norma, pero que antes llegara donde el Toto, cruzando otra calle, para que viera si Ricardo, un tío, andaba por allá, porque había que hacer no sé qué cosa con unas morrocollas, otras fuentes dicen que se trataba era del armadillo, pero otras de unos palos de tamarindo. No afectan mucho estos pequeños detalles en el resto de la historia porque no cambiaron de forma determinante el destino, pero ajá, para decir algo más :D
El Toto era el papá de Johnatan, una persona bastante cálida y amable, era como otro abuelo en ese entonces, se la pasaba siempre haciendo algo y enseñándole algo a los hijos, era un retirado de la Armada. El otro viejo, no tan bonachón, mi abuelo, no quería que yo fuera con Johnatan a hacer el mandao, pero yo seguí insistiendo hasta que mi abuelo por fin cedió de mala gana, bajo la condición que Johnatan me cruzara llevado de la mano.
Salímos de la casa agarrados de mano porque Johnatan estaba asustado por el genio de mi abuelo, yo me quería soltar pero no podía, las diferencias de edades tuvieron su presencia ahí. Según las variadas versiones, yo saltaba como un mico para soltarme y andaba amenazando de pelea a Harold y Jaider que me andaban vacilando por andar "agarraíto" de la mano con el otro, yo le decía "hornosexual suelta hombe, pareces marica, pilas que quiero cogé ciruelas y clavarme a los otros hornosexuales", todos se reían con mis comentarios, así como lo estoy haciendo yo ahora mismo al leer lo que escribo y acordarme de cómo me relataban las leyendas del incidente que conmovió al barrio. cuando me pude soltar del "hornosexual" del Johnatan, me puse a analizar las patinetas de balineras del Javier, Liliana y Kelly. Bajarían la pendiente de la calle que entraba al barrio, como siempre, pero ese era mi deporte favorito, seguido de montar bicicleta y kickball, después seguían otros como bate 'e tapita, béisbol y bolita-uñita. Por lo que me contaron, la Manguera 'e bombero (sobre nombre de Liliana por lo que era flaca) me echó de por ahí porque no gustaba de mí, Javier tampoco porque siempre les traía problemas con Raymundo, un tío que siempre estaba en todos lados y se daba cuenta de las sinvergüenzuras de la patineta, más en la casa por la cantidad de raspones. Otro testigo (?) dice que yo fui a joder nada con las patinetas y que Johnatan me agarró en seguida para cruzar la carretera conmigo. Casi todas concuerdan en que yo el Mono (antiguo apodo basado en haber tenido el pelo rubio) atravesé la carretera con el Johnatan, pasó un bus y me atropelló. Casi todas, porque la vieja Ana María dice que el bus me llevó desde la carretera al mismo pretil, no sé porqué cada vez que pienso en eso me remonto a la primera vez que la oí contar eso, que me imaginé el bus como a 120 Km/h, quiso frenar, perdió el control y podía verle la expresión de terror en el rostro, intentó de todas formas detenerse en vano, dió un brinco y 2 vueltas en el aire con el motor envuelto en llamas, cae al suelo y me da del lado lateral hasta quedar inconsciente. Claro, por eso era que no me había quemado, era mi deducción. Eso es lo malo de leer y escuchar muchos cuentos en la infancia.
Ahora continúa la parte de la historia en que pocos narradores se ponen de acuerdo: el choque. Para algunos, yo crucé normal, agarrado de la mano con Johnatan, el bus venía más o menos rápido, yo no lo vi, Johnatan me soltó del susto y cuando voltié a verlo, ya era muy tarde: el bus me había atropellado con la costilla. Para otros, yo crucé con Johnatan sin estar agarrado de la mano con él y después el bus me llevó por andar descuidado. Unos dicen que Johnatan me llevaba de la mano y ninguno de los dos nos dimos cuenta del bus hasta que Johnatan cuando percibió que se acercaba algo me soltó y corrió hacia el otro lado de la calle, yo quedé como un marica en la mitad y pasó el bus. En fin, ese es el gran enrredo, porque Johnatan dice que no se acuerda mucho de eso por el mismo miedo de verme muerto, como todos me suponían, ahí mismo. Ahora, dicen que Johnatan se desmayó, nadie dice nada en relación a eso, pero lo siguiente sería ya en lo que todos están de acuerdo, cuando el chofer me cargó y me montó en el bus, que no llevaba sino unos cuantos pasajeros que inmediatamente se bajaron, el chofer encargó al cobrador a montar en otro bus de la misma ruta a los pocos pasajeros que se embarcaron en uno que venía atrás, de un amigo de él, mientras empezó el recorrido. Primero llegamos al FIRE, donde el señor me dejó en cuidados intensivos, me mantuvieron estable por momentos para después trasladarme a la Clínica Madre Bernarda, donde tampoco habían los elementos en esa época. El FIRE es un centro para epilépticos y otro tipo de cuestiones neurológicas, pero al menos evitó que empeorara, como me contó una enfermera semanas después. En la Madre Bernarda, el chofer se encaramó en otra ambulancia conmigo y otros auxiliares, directo para el Hospital Universitario, que era el más dotado de la ciudad. Mientras íbamos camino al Universitario, en el otro extremo, el viejo Víctor se estaba muriendo de la angustia, todos en el barrio estaban al lado de la carretera comentando el acontecimiento, mirando la carretera y los buses mientras charlaban, mi abuelo se recriminaba el haberme dejado ir a acompañar a Johnatan, se quería suicidar, pensaba únicamente en el momento que llegaran mis papás, en lo que le iba a decir a mi abuela, y en las palabras de sus hijos como "¿papá, por qué lo dejaste salir?" y "viejo, mataste al pelao".Seguramente ha tenido que ser horrible estar allí, en su lugar. Cerca de allí, el Doctor Fandiño, neurocijano y director del FIRE, se enteró de quién era el niño que habían mandado para la Madre Bernarda, era el hijo de su colega: mi papá. En la Madre Bernarda, pegaron el grito en el cielo por tratarse del hijo de un médico bastante querido ahí: mi papá de nuevo. Se lamentaban que tanto él ni ella estuvieran al tanto de la situación en esos instantes, sólo habían pasado 30 minutos cuando ya mi papá me esperaba en el Universitario, donde estaba dando clases. Cuando se enteraron dónde me habían encarcelado, familiares de este mundo y del otro llegaron allá, y vecinos también. Mi tía Mercedes estremeció a Johnatan con tal impotencia que le decía "tú hijueputa, tú mataste a mi sobrino", nojoda, si yo me hubiera desprendido del cuerpo por esa vaina del cordón de plata y el viaje astral, y hubiera tenido la oportunidad de ver ese show, estuviera cagándome de la risa más que ahora, sólo recordando; después esa zarandeada, la cogió con el Larry (QEPD), quién sólo me traía una sopa porque pensaba que no era nada grave y se acordó de un día que hicimos un sancocho -uno de Angeles Somos- en el que recolectamos un poco de ingredientes y me quedaron gustando las sopas saladas. Después que se tranquilizó, vino la estremecida de mi mamá y mi abuela para con éstos, ninguno más de los pelaos fue tan marica de ir ese día y llevar del bulto ¿por qué nadie presentía que moriría y que reviviría otra vez como Kenny ah?
Cuando abro los ojos, veo un montón de personas en una ventana viéndome, como si yo fuera una mascota o un experimento, presentía lo peor, que todo era una conspiración de los extraterrestres de V, la batalla final, película no había dejado dormir en años, desde el 90 y 91, que la estaban retransmitiendo, me imaginé que había sido obra de los dinosaurios que se ocultaban en las cuevas, haciéndonos creer que había evolucionado para después controlarnos cuando tuvieran la oportunidad, después comprendí que sólo había humanos y máquinas: sería transformado con ingertos de partes mecánicas, cibernéticas a la explosión en la que no recordaba que había estado, porque sentía todo el cuerpo adolorido, pero, ¿por qué tanta gente en la ventana observando? No los conocía a todos, además de que veía doble, todo eso me azaraba, comentarios como: "ay, ay, está abriendo los'ojo al fin", después entro mi mamá con un garfield de juguete que no recuerdo quién me había regalado. No dijo nada, pero nojoda, el garfield me había pueso a pensar más en mi futuro y en lo que había sucedido, deduje que sería entrenado para ser pirata, cuya profesión era una de las más valoradas, respetadas y anheladas por niños como yo, sólo era comparable a ser conductor de patinetas de balineras, explorador o conductor de carros de carrera, una profesión, una carrera, un proyecto de vida respetable. Yo presentía que en Cartagena no se habían acabado del todo las épocas en que habían batallas navales en las playas, los cañones hundiendo barcos, bandidos escapando con tesoros, mapas y todo lo demás que se siente en el olor de las calles del centro y cuando ves las murallas huecas por los ataques de los filibusteros y corsarios.
La gran decepción fue cuando mi mamá, con otros juguetes me decía "nene, me puedes decí algo?" y ajá, yo intentaba hablarle, pero no me salían las palabras, estaba con unas sondas que me llevaban la comida al estómago. El aire, no sé cómo intenté tomar aire con los pulmones vueltos nada. Bueno, la decepción empezaba cuando me dijo "hijo, te atropelló un bus. Quédate quieto, no hundas ningún botón ni muevas nada, que ya te vas a recuperar". Refunfuñando como un perro y como mi abuelo, me dormí, para levantarme dos días después. A propósito de mi abuelo, el mismo día, el pobre viejo se había ido para el monte a esperar sería ya la muerte, no le dijo a nadie, para dónde iba ni hablo más con nadie; se perdió por dos días, hasta que al fin lo localizaron en la finca, barbón y ojeroso, preguntando por mí, y cuando le dijeron que estaba delicado y que todavía no me había levantado, dejó caer el pocillo de tinto que tenía en las manos y se fue a ver unos gallos que jodían en el corral sin responder nada. Así duraría 2 meses, hasta cuando se encontraría conmigo en la finca y regresaría a la casa de nuevo con nosotros.
El marica del Larry seguía llegando todos los días, Johnatan también, a llevarme sopa que después me la metían por la sonda esa, pero eso no evitaba que los estremecieran a ambos como muñecos viejos, así como los del 31. Seguían llegando regalos y personajes que estimaban mucho a mis papás, por aquello de ser uno algo como su prolongación, entonces, muchos diálogos iniciaban en "¿cómo es que se llama el pelaito?".
Los días iban pasando y me iba poniendo de mal genio, sólo deseaba dos cosas: salir de ahí y recibir más regalos. Era un verdadero castigo, me preguntaba el porqué, por qué yo, por qué era precisamente yo el que tenía que estar ahí encerrado dañándome todas las vacaciones, por qué yo tenía que comer esa comida tan fea, ¿por qué? Recuerdo la oración que hice una vez por la cualme gané el sobre nombre del ateito, con una monja, acostado y todavía emparapetado ya en otra habitación, recé: "Dios mío, si tú me quiere', y si soy tu veddadero hijo, haz que sadga pronto de esta miedda, es una porquería, tienes que probar la comida. No seas tan hijueputa, vo'a terminá creyendo que eres malo y que no existes, si de verdá existes, manda un rayo ahora mismo que me saque de aquí, como los de los OVNIS"; una monja que estaba relativamente cerca, escuchó mi "duda divina", se alteró, y empezó a hablarme de todo,
después pensé: "Dios, me la sigues montando, esa es mala, así no se vale, no juego más, me salgo, eso es por decirte hijueputa, es que eres ardío". Dios, como siempre, nunca me contesta, de hecho, ninguno de los dioses lo hace, pero el secreto fue cerrar los ojos, imaginar que es tronco de cuento el que me echa y ya, dormir varios días. "¡Niño, no te me duermas!", eran las frases que la monja disparaba a la par de un chasquido de dedos, para que yo le contestara: "nombe nada madre, estoy es descansando los ojos, usté sabe que del accidente no puedo hablar ni ve' mucho". La hermana me convenció con la promesa de una gorra al salir de ese laberinto.Un día sí amanecí con bastante rabia, porque me levantó el sentirme ahogado por una cantidad de sondas que me las saqué de un halón, con vómito incluido. Larry no me llevó más sopas porque pensaba que ya no me gustaban, y bueno, se acercaban el día de la salida. Unos cinco días más o menos antes de que me dieran de alta, mientras leía unos cuentecitos que aún guardo, sonaba el teléfono, no dejó de sonar por más de media hora, no invento, porque estaban dando en la televisión nacional King Kong, se acabó la última parte de la película y todavía timbraba. Tenía suficiente con esa porquería de programación para ahora mamarme el teléfono. Me solté la aguja del suero, me paré no sé ni cómo y contesté, hablando de medio lado, cosa que tampoco entendía. Era mi papá, quien me dijo "pensaba que te habías muerto, ¿por qué no contestabas?". Me dió más rabia porque pensaba que era algo en verdad importante y me senté en un sofá a taparme la sangre que salía del hueco de la aguja y llegó mi papá con mi mamá a explicarme todo bien. No entendía lo de la boca, y lo de la vista doble, sobre todo lo del aire, por qué no respiraba normal, y el aparato del cuello. En total, fue una fisura en el axis y no me acuerdo qué otra de las primeras vértebras de la columna, los pulmones llenos de flema, raspaduras en la cabeza y el resto del cuerpo, el ojo bizco por el golpe en la cabeza y una parte del músculo trapecio atrofiada, ah y por el mismo cuento del ojo bizco, la boca torcida, como si estuviera muerta, la "lengua pegada". Y solo los huesos ligados al cuero saben cuántos kilos bajé.
El vacile fue a la salida. Ya partía en dos al cilindro que me ponían a soplar para tener una idea de cómo estaba el asunto de los pulmones, no me aguijoneaban a diario y me habían dado un parche de visión en 2-D, para mejorar al otro bizco, al ojito de las sinvergüenzuras. Mi nuevo sobrenombre sería el Pirata, pero bien, la sacada de ese laberinto hasta la puerta fue en silla de ruedas, "¿no me la puedo llevá pa' la casa? Hey venga, pa' bajá la loma'e la calle'l barrio; ah y ve ve, pa'l colegio". Pareciera que todos estuvieran en mi contra, a favor de mi infelicidad, ya he contado aquí la cantidad de decepciones que tuve, ahora ésta, otra más y me hubiera ido de la casa a buscar mejor vida.Al llegar, la cantidad de curiosos era extraña, porque no venía encajonao, o sea, en ataúd. Cuando pude saborear las sopas de la casa y otras comidas blandas como puré de yuca y papa, recordé lo que era comida, la gran pregunta era entonces ¿qué carajo era lo que comía antes? Quién sabe, pero comida no era. En el pasar de los días, licuaba las sopas con todo y carne, pescado y demás, llegaba una fisioterapeuta que me ayudaba con ciertos movimientos de los que había perdido habilidad, de la misma manera, empecé a practicar -según yo- boxeo, para
distraerme y no salir de la casa, utilizando elementos caseros y hallados en los espacios recónditos de la casa, esos esquineros paraísos arácnidos, los rincones empolvados, de ahí fue que armé la mini-lona, una tula militar que era de un tío, la cabuya que quité de la hamaca y unos guantes de fútbol regalados; no sólo fue por razones médicas esto, sino que estaba perdiendo average para el juego de la pila en el colegio, había que salir ileso sea como sea. Después sería la natación, pero eso se sale del límite de éste escrito. Siempre andaba con hambre, parecía como si no hubiera comido en un mes, hambre vieja, como somalí, era una de las mejores partes, porque me iba con dos bolsos al colegio, el de los libros y el otro maletín lleno de las maldades que me hacían en la casa: plátano en tentación, yuca sancochada con suero, chocolates, arepas de dulce, queso y carne, chocolates (¿ya los mecioné?), merengues, salchichas, panes de mantequilla, carne molida, atún y sardinas, entre otros manjares de la infancia que si sigo recordando, me cortaré del filo; es que no era sólo eso, sino también la plata de la cosita, que bien si quedaba fallo, con hambre, me la gastaba en la tienda, bien me las gastaba en bolitas uñitas, calcomanías para el album o cartilla del momento y demás vainas que te llaman la atención cuando pelao. En la casa quedaron como traumatizados por el episodio del bus, es probable que haya tomado esa ruta varias veces, con el mismo conductor, y ni me haya dado cuenta, nunca lo conocí, pero iba frecuentemente los días en que andaba por cuidados intensivos a ver si necesitaba algo y cómo estaba, del resto, se encargó él. Mi abuela me contaba que el tipo estaba con los ojos aguados esperando noticias del médico, nunca hablaba y su familia iba a veces a hacerle compañía y traerle comida, y que cada vez que pasaba por el frente de mi tía Mercedes, ésta lo repellaba y le decía que lo mandaría a la cárcel por 200 años; esos instantes han tenido que ser para grabarlos, publicaría algunos fragmentos en You Tube, cosa de compartir esas cagadas de risa con el resto del planeta, sería un 5 estrellas enseguida. Por esa especie de trauma que dije rondaba la casa por esos días, mis salidas eran limitadas, además que siempre me sentía fatigado. En la primera ocasión que pude encontrarme con todos los que andaba, empezaron a preguntarme sobre lo sucedido, y yo les respondí "nojoda, eso vengo a preguntadles, no me acueddo de na", ese fue el momento que dió inico a la variedad de leyendas que hoy día trato de articular para exponerla aquí. Cuando Katerine se me acercó, recuerdo que el Chino le dijo: "bueno y tú no y que era' lesviviana? Eso es malo pa' ustedes así". Inmediatamente el ojo que tenía destapado se abrió y agregué: "¿eso es lo mismo que hornosensual como el Johnatan? ¿Cóm'así? Me tienen es cabriao con esa maricá de los horno', too podque son de diferente' madca".Lo de mi abuelo fue cosa aparte, porque no me enteraría de por qué no estaba en la casa sino seis años después, en el '99, que no sé cómo llegó el tema a la conversación y mi abuela me ratificó eso. Después comprendería el día en que fuimos al monte y lo encontré allá, luego de tres meses sin verlo desde el accidente, cuando me cargó y me abrazó, e, inexplicablemente en el instante, tenía los ojos húmedos, preguntándole me contestó que era por la arena de la brisa.
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Fotos
1. Pelando los dientes como un perro rabioso, 3 meses después del accidente. Los estaba mudando de forma masiva. Ya para esa época las salidas eran como antes (véanse los bollitos en el cuello del bochinche y el cuento).
2. Un mes y medio más tarde. Convertirse temporalmente tuvo sus privilegios (ver gorra, no pantaloneta noventera de colores fulminantes).
3. Un mes después. Campeón de la categoría junior en el torneo de fisiculturismo Mr. Playa.
4. Gimnasio boxístico distrital Niño de hierro (véase el tatuaje de presidiario Bazooka Joe Bubble Gum en el brazo, resaltando el encarcelamiento sufrido y su significación existencial).
Lástima que perdí las fotos que les había tomado a todos bajando la loma de la calle en las patinetas de balineras. Pero ajá, hay otras que tengo que escanear, apenas van 289 de 14642 que he contabilizado, en papel fotográfico, la digitalización es cosa seria.
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ANECDOTAS DE DIAS CUALQUIERAS
miércoles, 31 de enero de 2007
Triatlón intercolegiados - Cartagena/Bolívar 2003
Esta es una historia poco conocida entre quienes fueron mis compañeros en el año 2003, menos conocida aún para quienes no estudiaron conmigo ese año, pero que, sin embargo, se volvió bastante famosa entre los profesores de educación física del colegio, quiénes cada vez que me veían, me llamaban para recordarla y cagarse de la risa con mis imitaciones del profesor Marlon.
Era uno de esos febreros en los que presientes casi que instintivamente que el año no ha empezado bien, y que dificilmente mejorará. Cierto día, voy caminando por la cancha de microfútbol y escucho a Luís Eduardo López (alias Luisinho o Luisito) hablando con Marlon sobre un evento que siempre me ha llamado la atención por lo desconocido y entretenido: el triatlón de mayo. Me acerqué y pregunté de qué hablaban, me dijeron eso, que estaban hablando de los dos equipos que irían para el triatlón que se realizaría en el mes de mayo, sólo faltaba un integrante para el equipo de media vocacional secundaria (o sea, 10º y 11º), ese haría el de las veces de ciclista, porque ya Juan Sebastián Piñeres (mayor conocido como Piñata) sería quien nadaría; adivinen ¿quién se ofreció de ciclista? Yo veía al equipo muy equilibrado, excepto por un componente: yo, todos dudaban sobre mi capacidad atlética, hasta yo; era una preocupación, pero claro, no podía demostrarlo, no quería perder la materia. Ahí me enteré que el Piñata practicaba natación, con razón era que ese hijueputa se pasaba durmiendo en clases y pasaba con ojeras, era porque le tocaba levantarse en la madrugada a nadar y después llegar a joder al colegio; siempre había oído "no, el Piñatón nada y tal", pero nunca que hacía parte de la élite de una de las mejores ligas de natación del país: la liga departamental de Bolívar, lo peor era que yo lo retaba antes a nadar, claro, ignorante de la cuestión, quién no hace eso, le decía: "nojoda, Piñata, tú crees que porque te la pases nadando en la piscina de tu edificio vas a nadar mejor que yo, que me la paso peliando contra olas en la playa y espantándome iguanas de las pozas finqueras que se me enredan en el pelo", todo era mamadera de gallo, más que todo buscando motivos para una improvisada fiesta en un futuro. Luisinho era otro adicto a los deportes, que todos los días se hacía 400 flexiones interrumpidas para venir al colegio, sin contar las 9 horas diarias que se pasaba jugando microfútbol; él sería nuestro atleta. En cuanto a "yo", no era en esos tiempos que un vago más que se la pasaba solo (eso no ha cambiado mucho), leyendo en el cuarto, montando bicicleta de vez en cuando, hacer las veces de jardinero esporádico y pasar metidos en las casas de los amigos que más frecuentaba en esos tiempos: Jesús, Jhoana y Lourdes y otros que no vivían tan cerca, y bueno, ellos pasaban más tiempo metidos en la mía por cuestiones de flojera. Yo haría las veces de Santiago Botero en nuestro equipo, solo que, me faltaban como 10 años de ejercicio y disciplina para llegar a igualar a mis compañeros, bueno, solo quedaban 3 meses para el evento, así que "hagamos lo que podamos".
Día 1 después de meterme en esa vaca loca
Tengo mucha tarea y flojera de ponerme a practicar, así que vamo' a dejarlo pa'l fin de semana, que todo bien ; )
Primer fin de semana de la vaca loca
Jueputa, he estado montando bicicleta durante viernes, sábado y domingo, ya me dolía el culo y sentía por momentos la 'vaina' adormecida, temía por una impotencia sexual prematura, empecé a comer plátano cuatro filo', arenca, y otras especies de pescao por si las moscas. sin contar las veces que visité a mi urólogo de confianza por esos días: el coctelero de una ostrería y coctelería llamada La sirena caribeña y otra que tenía el título de El pulpo. Mis recorridos fueron de Turbaco a Arjona (9 kms), con una pendiente que varía entre 5º y 10º de inclinación, 'la loma de Arjona' fue jodida, la primera vez, porque terminé el recorrido de ida en 1 hora y 5 minutos, descansé media y otra hora en el regreso, tengo en dicho momento esperanzas de que esos valores cambiarán para bien.
Primeras 3 semanas en un matrimonio a la fuerza
No ha pasado mucho desde que accedí a la participación en el triatlón, lo he comentado con algunos amigos, y no falta el que te advierte y trata de evitar una catástrofe social: "hey marica, he estao averiguando sobre el tal triatlón ese, y va a participar el Delfin, un hijueputa que mide má' o meno' lo mismo que tú, sólo que pesa 110 kgs y dos de tu espalda' son una de él. El año pasao estuvo en Brasil representando a Colombia en un intercolegiado a nivel suramericano, o algo así, no recuerdo muy bien, pero su mínimo premio fue una medalla de plata, del resto, puro oro, y eso, la de oro fue porque le dió un calambre en la última competición". Alexander (más conocido como el Chapa) me dijo también que ni siquiera lo pensara para natación, porque este tipo sería mi verdugo. Afortunadamente (?), había escogido ciclismo, le comenté, pero el Chapa, tenía otro dato para mí: "marica, ¿estás loco? Si mi colegio va a mandar a un tipillo que le dicen y que 'el condor', un malparío que ha ganao varios todneos nacionales e internacionale' de ciclomontañismo, ha estao varia' vece' en Medellín por la liga distrital de Cartagena y ha ganao más que peddío". Bonito panorama, faltando un poco menos para el triatlón, mi informante y espía en su propio colegio me estaba recordando que no eran unos pobres diablos como yo los que se meterían ahí. ¡Pero qué importa! Sigamo' con el entrenamiento. Después de subir y bajar varias veces la loma de Arjona, en mi libro de seguimiento, me doy cuenta por las estadísticas y gráficos que he hecho con los colores de mi hermano menor (jajajaja, imagínate el poco de dibujitos y moniconguitos hechos por mí), que he aumentado mi rendimiento, sólo me está tomando entre 22 y 25 minutos subir y bajar la loma de Arjona, con 20 de descanso. Creo que es bastante bien para mí. Me motivo y duermo sabroso esos días pensando que ese tal Cóndor, o condorito, no es sino una mariamulata, un golero, o algo así, igual, sigo pensando que si tiene tantos títulos, debe ser porque hace esas distancias en menos de la mitad del tiempo que me lleva a mí. Hago cálculos (por fin las matemáticas y la física me estaban de algo) para definir mi velocidad promedio en la loma: 16-22 km/h, para cómo empecé, es un gran progreso. Comienza a transcurrir un tema transcendental en mi mente: la bicicleta para el día de la carrera, no le doy importancia, digo que aún no es el momento y espero mejor a la última hora : ) Empiezan a notarse los cambios en mí, unas venas me salen en los brazos como si fueran tubos, en las piernan se marcan otras, las pelás (chicas) del salón tienen curiosidad por mis piernas (eso suena gay, pero ajá, no podía omitirlo), comentarios de Victoria como "hijueputa, tiene esas piernas como si fueran de piedra o de palo, ¿qué fue que te inyectaste anabólicos, esteroides qué? Ven a tocarlas Azafata". Azafata era el sobre nombre de Laura, que no me acuerdo el apellido ahora, pero ajá, eran con las que más andaba, eran tronco de vales, otro comentario que nos hacía cagar de la risa era el del marica de Angel Pérez "nojoda, se te van a hipertrofiar las piernas y vas a terminar con el torso pequeñito y las piernas así como perniles de cerdo. Así le pasó a un señor allá en el pueblo..." y empezaba a contarnos la historia esa que no recuerdo muy bien, algo al estilo de "un señor montaba bicicleta allá todos los días, no descansaba y las piernas le terminaron más grandes que el torso y se murió"; total, entre las personas con las que más hablaba, nació cierto optimismo conmigo, ya presumíamos que el Salesiano no iba a ser quién sabe cuántas veces campeón del triatlón y tampoco lo iba a ganar por quinto año consecutivo, porque teníamos nuestra arma secreta en natación, que era Piñeres, que si bien no tenía tantos premios, medallas y todo el cuento, era lo de más renombre entre ese ámbito, claro, después del Delfín marica ese que nadie conocía. Luisito, quién había superao el récord del otro tipo que el año pasado había establecido una marca dentro del mismo colegio. Y bueno, estaba también yo, que empezaba a tomar renombre ahí y ¡hasta me estaba superando!
Ultimas semanas y últimos días antes del triatlón
He llegado a una velocidad promedio que varía entre los 20 y 30 km/h en la loma de Arjona, pocas veces descanso cuando llego al pueblo, sí, a veces apenas llego, doy la vuelta con los manubrios y de vuelta al otro pueblo. En diversas oportunidades he ido hasta Arjona, doy vuelta sin descansar y llego hasta Cartagena de un sólo viaje, 5 kms más desde Turbaco, es bajada, y la he logrado bajar en 10 minutos, el asunto es la subida. A estas alturas, todos estamos confiados en que el primer lugar será nuestro, nadie duda de ello, ni siquiera Marlon, que es de carácter jodido, y se le vuela en cuestión de segundos. Las revistas de ciclismo y mountain bike que mi papá me trae de no sé dónde me recuerdan de nuevo la bicicleta, con la que he estado practicando, es una escoria, el virus de la escoriasis (sí, también le da a objetos, no sólo a humanos) la ha consumido casi que por completo, pero otros artículos me han servido de motivación y lucha: por fin ganaré la materia. Lo de la bicicleta sigue siendo un asunto bastante preocupante, porque si la cosa es entre el famoso pajarraco ese y yo, no vacilo en que lo que llevará será un crucero de bicicleta, la pequeña escoriasis Jr (QEPD) no puede acompañarme a esa travesía de a la que sólo llegarán los menos contaminaos. Busco una bicicleta 'de servicio' por toos laos y nadie tiene una hijueputa que valga la pena, este tema no me deja dormir en paz y no sé cómo vaya a hacer. Todos siguen con las esperanzas puestas en mí, porque de los otros, nadie esperaría sorpresas, ya eran conocidos, igual, a casi nadie le importaba ganar, sino pasarla bien esos días, y ganar, sería motivo de celebración en la casa de alguien, perder, también sería motivo de celebración, me tenía alegre un rumor que andaba por ahí sobre una caja de cervezas que alguien regalaría si ganábamos.
Faltan dos días para la competencia, ya tengo mi camiseta marcada, todavía la tengo aquí conservaita, y créanlo o no, todavía no encuentro bicicleta. Escoriasis Jr, me salvarás la vida. Marlon está un poco estresado porque lo que faltan son ya horas para el evento, el otro equipo está más preparao que un sancocho trifásico. A una pelá del Altair le pregunté sobre los equipos y tal, como era de esperarse, no sabía mucho respecto a la competencia, pero "creo que mi hermano va í con otros dos y se van a llevá cuatro ciclas", nojoda, lo que es la plata, 4 bicicletas y yo con una que hacía por 1/2, Escoriasis Jr. Marlon llega a todas las clases del día a preguntarme por la bicicleta, me lamento no haberle mentido diciéndole que ya la había conseguido: una de las cosas malas por no ser un buen embustero.
Ultimo día de clases y anterior a la 'justa'
Está decidido. Escoriasis Jr. me acompañará al bochorno el sábado, para tal acontecimiento, voy a 'maquillarla'. Saliendo del taller, veo la bicicleta más bacana que mis ojos hayan conocido hasta ese momento, aún no podía creer que alguien tuviera algo tan bello en un lugar tan aislado. Escoriasis Jr no deja de ser una escoria después de haber sido maquillada y la tiro como un triciclo y busco la o él dueño de la 'burra'. Encuentro a un tipo sencillo, que me saluda y quién recibe mi avalancha de palabras para exponer una sola idea "no te conozco, tú a mí tampoco, pero me gusta tu bicicleta, la necesito porque tengo una competencia mañana, y si no llevo nada, me van a colgar por las bolas, y si quieres, te la puedo alquilar por 5 lucas, devolviéndotela mañana mismo". Después de 10 minutos de conversación, estaba montado en la bicicleta del vale, que no sé cómo se llama en estos momentos, pero que luego me encontraría en un fandango, algunos 8 meses después, ya sabes, un lugar al que todo el pueblo va, bailada, bebida, un encuentro sorpresa, saludo breve y ya, última vez que lo vi. Veinte minutos habían pasado desde que le dejé a Escoriasis Jr y ya estaba montado en un bus con el 'crucero' ese que tenía ahora en mi poder camino a Bocagrande, acá en Cartagena, donde vivía o no se viva todavía por allá, el Piñeres, iba a dejar la bicicleta ahí, cosa de que cuando llegara el sábado en la mañana, sólo fuera cosa de bajarla de ese apartamento y pedalear. "¡Hey Piñatón, abre esa puedta coño! Vengo con esta joya que nos va a hacé ganá mañana", jajajaja. Dejé la bicicleta ahí, y de vuelta al pueblo, a dormir y pensar en el día de mañana. En la noche, reflexiono en todo lo que he hecho para el triatlón, no ha sido algo que haya ocupado mi mente en esos tiempos, habían ratos en los que ni siquiera me acordaba y hasta a veces me preguntaba el objetivo de montar hasta Arjona, ya era algo inconsciente. Todo lo que he contao arriba pasaba por mi mente mientras estaba acostao, estallaba a carcajadas a veces pensando en el día de mañana y que con la maricada y la maricada, iba a participar en un triatlón sin darme cuenta del todo.
Sábado: ¡EL GRAN DIA!
No me acuerdo a qué hora es que empezaba, pero de lo que me acuerdo es que me levanté 10 minutos más tarde de lo que había previsto, salí como embalao a bañarme y me encuentro a mi mamá en el baño, el otro, no tenía suficiente presión, y el otro lo estaban reparando, no me quería bañar en el patio porque el perro no me dejaría en paz brincándome encima y queriendo jugar conmigo 'al baño', para Pepe (el labrador) todo era juego, vacile. Quiero sacar a la vieja del baño, pero se aburre de la chanza y me dice que espere, mientras tanto, no sé qué hacer, porque todo lo tenía listo desde la noche anterior, no sé en qué matar esos sagrados minutos que pasan más deprisa cuando uno está de afán. Voy al patio un momento a buscar limones para ver si me hacía una limonada, porque el desayuno que -no sé cómo-, estaba listo al levantarme, escucho la puerta del baño que la cierran y embalo para allá, me encuentro con la sorpresa de encontrar ahora al viejo ahí metío, me da más rabia, porque ya tuve que esperá a la vieja, ahora mi papá, ya era el colmo, "nojoda, ahora qué eche, ¿toos se pusieron de acueddo pa levantadse temprano hoy qué? Daaa, no sean tan hijueputas conmigo hombe", mi papá muerto de la risa en el baño, decía "aguántate, que ya voy a salir", típica frase de que te va' a mamá otro rato esperando maricón, jajajaja, bueno, lo saqué y me bañé policiacamente, ¡no hubo de otra vale! Me cambio agarro los motetes y 'fuímonos'. Tenía solo media hora para estar en el otro extremo de la ciudad, lo peor es que ni siquiera había llegao al paradero, o sea, por la casa de Mónica o el negocio del húngaro, apenas iba por la esquina de la calle y Vanessa me saludó por la ventana: "edlo ve, vas a hacé show, mijo ¡que te vaya bien hombe!", eso me sacó una sonrisa y ajá, me hizo dejar de pensar por un par de segundos en los 25 minutos restantes para arribar a la casa de Piñata, sacar la bicicleta, llevarla hasta el campo de béisbol de Bocagrande, encontrarme con el Marlon y después encontrar el lugar del Malecón en el sector de la bahía interna en el Laguito, donde se llevaría a cabo la competencia. Como era de esperarse en estas situaciones, el tráfico, peor no podía estar para ser un sábado, bla, bla, bla, llegué a la casa de Piñeres, no había nadie ahí, me asusté y bajé en el ascensor cuando alguien hizo un timbre ahí, era la señora que trabajaba ahí, preguntándome que qué quería, por supuesto que no me dejó sacar la bicicleta, y sobre todo con la pinta de malandro que llevaba, el propio gamín -como siempre-, y ajá, le pregunté por los Piñata y me dijo que ya se habían ido al campo de béisbol. Bonita cosa, a embalá pa'l campo de béisbol pue, allá, lo que me encuentro es un peladero, no había nadie, sino uno que otro pelagato organizando las premiaciones, Gatorade, y todo ese cuento en del 'después de'. A más o menos cinco metros de distancia, estaba Marlon con una cara de ira, que días después, el profesor Víctor, de educación física también, compararía con la de un toro en celo, jajajajaja, algo así, o toro en corraleja, jajajaja, por ahí va la vaina. ¿NOJODA, POR QUE DEMORASTE TANTO EN LLEGA AH? ¿TU NO VES QUE YA HACE RATO SALIERON PARA ESA CAGA EH? -decía el Marlon- jajajajaja, en el momento no me reía, sino que estaba asustao porque le fuera a dar algo, la vena frental (o sea, la de la frente, jajajaja) se le quería estallar y le tapaba un ojo, NOJODA ¿DONDE ESTA LA BICICLETA? ¿QUE, VAS A MONTARLA EN EL AIRE QUE? -seguía diciendo-, nojoda, no aguanto la risa ahora mismo acordándome de la cara y cuando decía esas vainas, pero más de la mamadera de gallo con el Víctor y los otros dos profesores, luego la cara de Marlon seria, que le salían las risas así como quién no quiere la vaina. Hey marlon, la vieja que trabaja allá en la casa no me dejó bajar la bicicleta, ¿cómo hacemos? -Le dije yo así en tono calmao y tal, pa que la cogiera suave, pero nada, la gente seguía viendo así, observando esa vaina. DAAAAA, NOJODAAA, AHORA HAY QUE BUSCAR AL OTRO MARIQUITA, EL MENOR, QUE NO HA SALIDO TODAVIA, PILAS, EMBARCATE EN EL TAXI QUE YA NO TENEMOS TIEMPO PA VE SI LLEGAMOS ANTES DE QUE SALGAN DEL AGUA, -contestó el Marlon ya menos azarao-, nojoda nos embarcamo en un taxi que ni siquiera paré, el tipo pilló la bulla ahí y supuso algo como que "sea lo que sea, estos hijueputas van a necesitá un taxi", y preciso, ni siquiera el Marlon lo había mencionao cuando ya el vale había abierto la puerta para que entrarámos. En las pocas cuadras que nos separaban de la casa del Piñeres, Marlon me mostró el mapa, me corresponderían 5 ó 10 kms en bicicleta, me pareció papaya porque era todo plano y con el crucerito, sería un regalo, definitivamente, los dioses estaban de nuestro lao, al menos eso pensaba. Cuando llegamos a la casa del Piñata, Piñatica, o sea, el hermano menor de Juan Sebastián, nos abrió y nos condujo a la bicicleta, pero la encontramos espichada, nojoda, pa qué fue eso. Marlon trató de calmarse un poco, con lo que se había recuperao en el transcurso del viaje, habíamos deducido que en los 3 kms que le tocaban nadar a Piñeres dentro de la Bahía, era algo jodido que llegara en 10 minutos, teniendo en cuenta la mareta y tal. Ahora llegaría el momento más recordado, con el que más jodíamos los profesores y yo imitando a Marlon, Víctor era el que mejor lo imitaba, pero DAAAAA, METE ESA VAINA EN EL HIJUEPUTA TAXI DE MIERDA ESE, QUE VAMOS PARA LA BOMBA A QUE LE HAGAN ALGO DE RAPIDEZ -añadió el Marlon con la vena cuellal (o sea, del cuello) a punto de explotar, y ya, un ojo no se le veía por la vena frental. El taxista como que se dió cuenta de que era algo grave, grave, grave, así que en una espabilá de ojo, estabámos en la bomba poniéndole un parche al neumático. Linda sorpresa nos encontramos que al bajar la rueda el llantero, se trae consigo un trozo de la uña, esa parte que agarra el tensor con el caballo o marco, hombe, la vainita esa que parece una patica y que se encuentra en la parte de la llanta trasera, por donde pasa la cadena, ¿ya sabes dónde es? Bueno, la popular uña estaba partida en dos desde antes que yo la prestara y al momento de soltar la rueda, se cayó. JUEPUTA, OYE, ¿TU COMO PRESTAS UNA MIERDA ASI AH? ¡ESTA MONDA NO SIRVE PA UN CULO! ¡NOJODA! HEY, LLANTERO, TU EMPARAPETA ESA CAGA COMO SEA, QUE ESO ES POR UN RATO.
-Nojoda Marlon, pero es que si vieras la mía -le decía yo pa que la cogiera suave.
-QUE NADA, HUBIERAS TRAIDO LO QUE SEA, ASI FUERA UN BURRO CON LLANTAS, NOJODA, PERO ¡NO ESTA MIERDA QUE NO SIRVE PARA UN CULO ECHE! ¡TU SI MANDAS HUEVO VERDAD!-Gritaba así con el ojo palpitándole, y el llantero trabajando más rápido y viéndolo con cara de "a este man le va a dar algo".
-Hey Marlon, pero cógela suave, te va a dá algo, marica, ponte pila', relájate que to'o bien hombe, Piñeres no ha llegao todavía- le hablaba yo para que se calmara y lo hizo, se fue a dar una vuelta ahí mismo, tomó aire y cuando volteó la mirada, ya la bicicleta estaba emparapetá. Luego yo lo azaré: pilas Marlon, vamos pue.
-¡QUE NADA!, ¡PRUEBA ESA VAINA PRIMERO COÑO! PA VE SI ESA MONDA SIRVE O NO Y DESPUES NO TENER QUE REGRESAR. -Ahí fue cuando el taxista que estaba afuera del carro, se volvió a meter y empezó como a buscar el celular para llamar al 123, número único de emergencias (versión cartagenera del 911 jajajaja), como él mismo me contó cuando llegamos al malecón y bajábamos la bicicleta.
Me monté en la bicicleta y todo el cuento para probarla y en un par de patás estábamos en el paseo peatonal del Laguito, donde todavía no había llegao Piñeres. Marlon respiró hondo y se calmó, porque ya el resto no importaba, se encontró con unos amigos y amigas de él y se puso a charlar tranquilo, al fin estaba relajao. Allá nos encontramos con la profesora Ximena, la Katerine, Azafata, Raiza, Victoria y Luisinho, quién solo esperaría que le diera el cinto del relevo. Ya, imagínense la preguntadera de siempre, que por qué te demoraste, que por qué el profesor Marlon llegó así, que esto, que lo otro. Iba a parquear las bicicletas donde tenían que estar, junto con las demás, vaya sorpresa con lo que me encuentro, un poco de hierros amontonaos que se asemejaban a bicicletas, la que tenía a cargo, era lo mejor que podía estar ahí, pensé en varias cosas al mismo tiempo, como por ejemplo que Escoriasis Jr. estaría bien ahí con bicicletas de su calaña, de hecho, sería una reina ahí, también en que daba lo mismo llevar un burro con ruedas que una bara con dos llantas, Marlon tenía razón, igualmente pensaba en la responsabilidad que tenía con tremenda bicicleta, a quien el dueño no hacía sino invertirle un gran porcentaje de su sueldo, desconozco en cuánto estaría avaluada, pero estoy seguro que es un valor que no reuniría ni ahorrando en un año, mucho qué pensar...
Pasa un cuarto de hora en el paseo peatonal mientras he llegado y quien sale primero de la playita es el poco conocido Delfin ese, ¡zas!, es el primero ¿cuándo saldrá Piñata? Y allá va el Cóndor ese que me parece un visajito, en una bicicleta que parece un aborto de mi bicicleta con una de esas de Fisher Price, pensé que se iba a partir en el camino por el óxido, pero bueno, un minuto y no sale Piñeres, 2 y nada de Piñatón, hasta que al fin sale 30 segundos después, todo desorientao, me da el cinto, mientras corro a la bicicleta miro hacia atrás por si venía alguien más y nada, Piñeres les llevaba como 2 minutos de diferencia también, me quería cagar de la risa por el vestido de baño que llevaba, una de esas tangas narizonas que usa la mayoría de los cachacos que vienen acá a conocer el mar, todo bien, una risa leve, ya habría más tiempo para burlas.
Arranco en la bicicleta, veo un manchón en el fondo y supongo que debe ser el tipo ese, giró la cabeza hacia atrás y nada, ya debo llevar 800 metros y nadie se ha montado en otra bicicleta, al mirar hacia el frente, tengo al man ese al frente, sin notarlo, estaba pedaliando con bastante fuerza y bien rápido que solo me llevó unos segundos alcanzarlo, no sé qué le pasó, después de que me andaban metiendo cuento hasta en el mismo lugar de dónde salieron todos de la bahía, eso fue algo decepcionante, ese instante, porque lo veía bastante apurao dando pedales y yo como si nada hacía una distancia de 100 metros más o menos ya entre él y yo, en solo 2 minutos que tenía pedaliando, cuando él me llevaba otros 2 de ventaja, desde ahí ya podía ver el punto de partida de los ciclistas, pero veía todo fácil.
Mientras me preguntaba si eso era todo, si era el final, si todo sería tan fácil, porque era solo llegar y hasta el mismo Luisito no hubiera tenido la necesidad de correr, sino sólo caminar para ganar, pero conociéndolo a él, estoy seguro que hubiera corrido más rápido para marcar un récord en el triatlón. Mientras pensaba todo esto, un poco decepcionao, algo comenzó a fallar en el eje de la llanta trasera, no sé qué fue, a lo mejor por la misma uña que les hablé al principio, pero no me dejó continuar a la misma velocidad, lentamente, me iba deteniendo y comenzaba la mayor traición de una bicicleta a un hombre en la historia de los triatlones locales. La llanta iba de un lado a otro, y entre más rápido quisiera darle, más se bamboleaba, me decía a mí mismo "esto no puede estar pasando", pero una voz burlona me decía "pues sí lo está", jajajaja, no mentiras, me reía de esa hijueputa ironía, ya que éramos los dueños del trofeo, la caja de cerveza, y una medalla ahí que me recordaría que si puedo superarme si me esfuerzo y dedico con disciplina, jajajaa, tú sabe', esas cosas que quieren significar las medallitas y eso. Poco a poco me iban dejando atrás los que habían llegado de último, mierda, poco a poco mi esfuerzo se veía inútil por una bicicleta, igual, quise detenerme en varias ocasionas por la misma rabia, pero los bomberos y policías me decían "dale hijueputa, no importa que esté dañá esa mondá, ¡dale nojoda!", entre risa y risa, llegué a la meta, con la baranda del marco, cuadro, o caballo -como le quieras decir- (que era de alumino también como la uña), casi destruída, el roce entre la llanta y ella hizo que se carcomiera buena parte del aluminio en ese lugar, pero bueno, llegué, eran 22 participantes, yo llegué de 13, después de haber estado en la cúspide, jaja como que nada es para siempre, le entregué el cinto a Luisinho y arrancó como un demonio, jajajaja, nos subió de puesto y quedamos en el 7 u 8, gracias a él. Igual, jalamos bastante risa cuando les contaba del policía que me ayudó en el camino empujándome ahí sin que los jueces no lo vieran, y de la gringa que me tiró una botella de agua diciendo "para camino, tomar, para camino es bueno, mucho sol", jajajajaja.
Después de la premiación, en la que no salimos, por cierto, había tanto Gatorade que no sabía como llevármelo, así que recogí unas botellas ahí de agua que tenían los jueces, las lavé y envasé como 4 litros, toda la gente se me quedaba viendo, según cuenta Marlon después, pero ajá, los que se mamaron el arroj (arroz) limpio no fueron ellos. Medio embolaté la bicicleta, chau, chau a todos y arranqué para donde mi prima.
El lío fue la entrega de la bicicleta, porque ya tenía la uña jodida (ya lo estaba antes), una baranda que practicamente carcomida, que, en otras palabras, había dañado el caballo, el eje de los pedales sueltos y dañaos (no sé como, pero lo acepto, fue conmigo) y unos rayoncitos de los que no se dió cuenta menos mal. Como dormí acá donde mi prima, se la terminé entregando el lunes, que era festivo, me acuerdo porque regresé ese mismo día acá en la mañana, él la fue a buscar, y todo bien, le di los 5 lucas prometíos y mis mayores agradicimientos, a pesar que no había ganao, pero ajá, fue una experiencia bien graciosa y que todo bien. En la tarde de ese mismo día, llegó otra vez, en otra bicicleta, porque me comentaba lo de la uña, que estaba partida, y él la tenía bien, y que le había salido un nuevo problema a la bicicleta con los pedales, que le ayudara con eso, para lo de la soldadura y ver cómo hacía para lo de los pedales, que le habían empezado a molestar ese día, menos mal que no se le ocurrió meterme en ese cuento, porque ese charrúa me hubiera cojido de soda, después de haber tenido que pasarle 10 lucas más. Sería la penúltima vez que lo vería.
El martes empezó la comentadera, nadie en el salón sabía qué era lo que había pasado, nadie preguntó por nada, les daba igual si ganábamos o no, pero fue otra cuestión con los profesores que empezaron a mamar gallo, los de educación física, luego se acercó otro y dijo "hombe, pero la culpa no fue de él, sino de lo que tenía por cicla, y a kilómentro y medio estaba Ximena supervisando y me dijo que le llevaba una buena distancia al que iba de primero", y dijo el Víctor entre cule carcajás "nojoda, Ferna', sino nos referimos a eso, el pelao se esmeró, estamos hablando del marica del Marlon, y de este man cómo cuenta la historia, que estaba cagao porque pensaba que al Marlon le iba a dar algo, y el taxista y que iba a llamar a una ambulancia. Después de que le hubiera dicho 'nojoda, hubieras traído hasta un burro enllantao, no esa mierda con tantas maricadas', y el Marlon no quiere acordarse de ese día, ni se quiere reí, edlo ve".
Era uno de esos febreros en los que presientes casi que instintivamente que el año no ha empezado bien, y que dificilmente mejorará. Cierto día, voy caminando por la cancha de microfútbol y escucho a Luís Eduardo López (alias Luisinho o Luisito) hablando con Marlon sobre un evento que siempre me ha llamado la atención por lo desconocido y entretenido: el triatlón de mayo. Me acerqué y pregunté de qué hablaban, me dijeron eso, que estaban hablando de los dos equipos que irían para el triatlón que se realizaría en el mes de mayo, sólo faltaba un integrante para el equipo de media vocacional secundaria (o sea, 10º y 11º), ese haría el de las veces de ciclista, porque ya Juan Sebastián Piñeres (mayor conocido como Piñata) sería quien nadaría; adivinen ¿quién se ofreció de ciclista? Yo veía al equipo muy equilibrado, excepto por un componente: yo, todos dudaban sobre mi capacidad atlética, hasta yo; era una preocupación, pero claro, no podía demostrarlo, no quería perder la materia. Ahí me enteré que el Piñata practicaba natación, con razón era que ese hijueputa se pasaba durmiendo en clases y pasaba con ojeras, era porque le tocaba levantarse en la madrugada a nadar y después llegar a joder al colegio; siempre había oído "no, el Piñatón nada y tal", pero nunca que hacía parte de la élite de una de las mejores ligas de natación del país: la liga departamental de Bolívar, lo peor era que yo lo retaba antes a nadar, claro, ignorante de la cuestión, quién no hace eso, le decía: "nojoda, Piñata, tú crees que porque te la pases nadando en la piscina de tu edificio vas a nadar mejor que yo, que me la paso peliando contra olas en la playa y espantándome iguanas de las pozas finqueras que se me enredan en el pelo", todo era mamadera de gallo, más que todo buscando motivos para una improvisada fiesta en un futuro. Luisinho era otro adicto a los deportes, que todos los días se hacía 400 flexiones interrumpidas para venir al colegio, sin contar las 9 horas diarias que se pasaba jugando microfútbol; él sería nuestro atleta. En cuanto a "yo", no era en esos tiempos que un vago más que se la pasaba solo (eso no ha cambiado mucho), leyendo en el cuarto, montando bicicleta de vez en cuando, hacer las veces de jardinero esporádico y pasar metidos en las casas de los amigos que más frecuentaba en esos tiempos: Jesús, Jhoana y Lourdes y otros que no vivían tan cerca, y bueno, ellos pasaban más tiempo metidos en la mía por cuestiones de flojera. Yo haría las veces de Santiago Botero en nuestro equipo, solo que, me faltaban como 10 años de ejercicio y disciplina para llegar a igualar a mis compañeros, bueno, solo quedaban 3 meses para el evento, así que "hagamos lo que podamos".
Día 1 después de meterme en esa vaca loca
Tengo mucha tarea y flojera de ponerme a practicar, así que vamo' a dejarlo pa'l fin de semana, que todo bien ; )
Primer fin de semana de la vaca loca
Jueputa, he estado montando bicicleta durante viernes, sábado y domingo, ya me dolía el culo y sentía por momentos la 'vaina' adormecida, temía por una impotencia sexual prematura, empecé a comer plátano cuatro filo', arenca, y otras especies de pescao por si las moscas. sin contar las veces que visité a mi urólogo de confianza por esos días: el coctelero de una ostrería y coctelería llamada La sirena caribeña y otra que tenía el título de El pulpo. Mis recorridos fueron de Turbaco a Arjona (9 kms), con una pendiente que varía entre 5º y 10º de inclinación, 'la loma de Arjona' fue jodida, la primera vez, porque terminé el recorrido de ida en 1 hora y 5 minutos, descansé media y otra hora en el regreso, tengo en dicho momento esperanzas de que esos valores cambiarán para bien.
Primeras 3 semanas en un matrimonio a la fuerza
No ha pasado mucho desde que accedí a la participación en el triatlón, lo he comentado con algunos amigos, y no falta el que te advierte y trata de evitar una catástrofe social: "hey marica, he estao averiguando sobre el tal triatlón ese, y va a participar el Delfin, un hijueputa que mide má' o meno' lo mismo que tú, sólo que pesa 110 kgs y dos de tu espalda' son una de él. El año pasao estuvo en Brasil representando a Colombia en un intercolegiado a nivel suramericano, o algo así, no recuerdo muy bien, pero su mínimo premio fue una medalla de plata, del resto, puro oro, y eso, la de oro fue porque le dió un calambre en la última competición". Alexander (más conocido como el Chapa) me dijo también que ni siquiera lo pensara para natación, porque este tipo sería mi verdugo. Afortunadamente (?), había escogido ciclismo, le comenté, pero el Chapa, tenía otro dato para mí: "marica, ¿estás loco? Si mi colegio va a mandar a un tipillo que le dicen y que 'el condor', un malparío que ha ganao varios todneos nacionales e internacionale' de ciclomontañismo, ha estao varia' vece' en Medellín por la liga distrital de Cartagena y ha ganao más que peddío". Bonito panorama, faltando un poco menos para el triatlón, mi informante y espía en su propio colegio me estaba recordando que no eran unos pobres diablos como yo los que se meterían ahí. ¡Pero qué importa! Sigamo' con el entrenamiento. Después de subir y bajar varias veces la loma de Arjona, en mi libro de seguimiento, me doy cuenta por las estadísticas y gráficos que he hecho con los colores de mi hermano menor (jajajaja, imagínate el poco de dibujitos y moniconguitos hechos por mí), que he aumentado mi rendimiento, sólo me está tomando entre 22 y 25 minutos subir y bajar la loma de Arjona, con 20 de descanso. Creo que es bastante bien para mí. Me motivo y duermo sabroso esos días pensando que ese tal Cóndor, o condorito, no es sino una mariamulata, un golero, o algo así, igual, sigo pensando que si tiene tantos títulos, debe ser porque hace esas distancias en menos de la mitad del tiempo que me lleva a mí. Hago cálculos (por fin las matemáticas y la física me estaban de algo) para definir mi velocidad promedio en la loma: 16-22 km/h, para cómo empecé, es un gran progreso. Comienza a transcurrir un tema transcendental en mi mente: la bicicleta para el día de la carrera, no le doy importancia, digo que aún no es el momento y espero mejor a la última hora : ) Empiezan a notarse los cambios en mí, unas venas me salen en los brazos como si fueran tubos, en las piernan se marcan otras, las pelás (chicas) del salón tienen curiosidad por mis piernas (eso suena gay, pero ajá, no podía omitirlo), comentarios de Victoria como "hijueputa, tiene esas piernas como si fueran de piedra o de palo, ¿qué fue que te inyectaste anabólicos, esteroides qué? Ven a tocarlas Azafata". Azafata era el sobre nombre de Laura, que no me acuerdo el apellido ahora, pero ajá, eran con las que más andaba, eran tronco de vales, otro comentario que nos hacía cagar de la risa era el del marica de Angel Pérez "nojoda, se te van a hipertrofiar las piernas y vas a terminar con el torso pequeñito y las piernas así como perniles de cerdo. Así le pasó a un señor allá en el pueblo..." y empezaba a contarnos la historia esa que no recuerdo muy bien, algo al estilo de "un señor montaba bicicleta allá todos los días, no descansaba y las piernas le terminaron más grandes que el torso y se murió"; total, entre las personas con las que más hablaba, nació cierto optimismo conmigo, ya presumíamos que el Salesiano no iba a ser quién sabe cuántas veces campeón del triatlón y tampoco lo iba a ganar por quinto año consecutivo, porque teníamos nuestra arma secreta en natación, que era Piñeres, que si bien no tenía tantos premios, medallas y todo el cuento, era lo de más renombre entre ese ámbito, claro, después del Delfín marica ese que nadie conocía. Luisito, quién había superao el récord del otro tipo que el año pasado había establecido una marca dentro del mismo colegio. Y bueno, estaba también yo, que empezaba a tomar renombre ahí y ¡hasta me estaba superando!
Ultimas semanas y últimos días antes del triatlón
He llegado a una velocidad promedio que varía entre los 20 y 30 km/h en la loma de Arjona, pocas veces descanso cuando llego al pueblo, sí, a veces apenas llego, doy la vuelta con los manubrios y de vuelta al otro pueblo. En diversas oportunidades he ido hasta Arjona, doy vuelta sin descansar y llego hasta Cartagena de un sólo viaje, 5 kms más desde Turbaco, es bajada, y la he logrado bajar en 10 minutos, el asunto es la subida. A estas alturas, todos estamos confiados en que el primer lugar será nuestro, nadie duda de ello, ni siquiera Marlon, que es de carácter jodido, y se le vuela en cuestión de segundos. Las revistas de ciclismo y mountain bike que mi papá me trae de no sé dónde me recuerdan de nuevo la bicicleta, con la que he estado practicando, es una escoria, el virus de la escoriasis (sí, también le da a objetos, no sólo a humanos) la ha consumido casi que por completo, pero otros artículos me han servido de motivación y lucha: por fin ganaré la materia. Lo de la bicicleta sigue siendo un asunto bastante preocupante, porque si la cosa es entre el famoso pajarraco ese y yo, no vacilo en que lo que llevará será un crucero de bicicleta, la pequeña escoriasis Jr (QEPD) no puede acompañarme a esa travesía de a la que sólo llegarán los menos contaminaos. Busco una bicicleta 'de servicio' por toos laos y nadie tiene una hijueputa que valga la pena, este tema no me deja dormir en paz y no sé cómo vaya a hacer. Todos siguen con las esperanzas puestas en mí, porque de los otros, nadie esperaría sorpresas, ya eran conocidos, igual, a casi nadie le importaba ganar, sino pasarla bien esos días, y ganar, sería motivo de celebración en la casa de alguien, perder, también sería motivo de celebración, me tenía alegre un rumor que andaba por ahí sobre una caja de cervezas que alguien regalaría si ganábamos.
Faltan dos días para la competencia, ya tengo mi camiseta marcada, todavía la tengo aquí conservaita, y créanlo o no, todavía no encuentro bicicleta. Escoriasis Jr, me salvarás la vida. Marlon está un poco estresado porque lo que faltan son ya horas para el evento, el otro equipo está más preparao que un sancocho trifásico. A una pelá del Altair le pregunté sobre los equipos y tal, como era de esperarse, no sabía mucho respecto a la competencia, pero "creo que mi hermano va í con otros dos y se van a llevá cuatro ciclas", nojoda, lo que es la plata, 4 bicicletas y yo con una que hacía por 1/2, Escoriasis Jr. Marlon llega a todas las clases del día a preguntarme por la bicicleta, me lamento no haberle mentido diciéndole que ya la había conseguido: una de las cosas malas por no ser un buen embustero.
Ultimo día de clases y anterior a la 'justa'
Está decidido. Escoriasis Jr. me acompañará al bochorno el sábado, para tal acontecimiento, voy a 'maquillarla'. Saliendo del taller, veo la bicicleta más bacana que mis ojos hayan conocido hasta ese momento, aún no podía creer que alguien tuviera algo tan bello en un lugar tan aislado. Escoriasis Jr no deja de ser una escoria después de haber sido maquillada y la tiro como un triciclo y busco la o él dueño de la 'burra'. Encuentro a un tipo sencillo, que me saluda y quién recibe mi avalancha de palabras para exponer una sola idea "no te conozco, tú a mí tampoco, pero me gusta tu bicicleta, la necesito porque tengo una competencia mañana, y si no llevo nada, me van a colgar por las bolas, y si quieres, te la puedo alquilar por 5 lucas, devolviéndotela mañana mismo". Después de 10 minutos de conversación, estaba montado en la bicicleta del vale, que no sé cómo se llama en estos momentos, pero que luego me encontraría en un fandango, algunos 8 meses después, ya sabes, un lugar al que todo el pueblo va, bailada, bebida, un encuentro sorpresa, saludo breve y ya, última vez que lo vi. Veinte minutos habían pasado desde que le dejé a Escoriasis Jr y ya estaba montado en un bus con el 'crucero' ese que tenía ahora en mi poder camino a Bocagrande, acá en Cartagena, donde vivía o no se viva todavía por allá, el Piñeres, iba a dejar la bicicleta ahí, cosa de que cuando llegara el sábado en la mañana, sólo fuera cosa de bajarla de ese apartamento y pedalear. "¡Hey Piñatón, abre esa puedta coño! Vengo con esta joya que nos va a hacé ganá mañana", jajajaja. Dejé la bicicleta ahí, y de vuelta al pueblo, a dormir y pensar en el día de mañana. En la noche, reflexiono en todo lo que he hecho para el triatlón, no ha sido algo que haya ocupado mi mente en esos tiempos, habían ratos en los que ni siquiera me acordaba y hasta a veces me preguntaba el objetivo de montar hasta Arjona, ya era algo inconsciente. Todo lo que he contao arriba pasaba por mi mente mientras estaba acostao, estallaba a carcajadas a veces pensando en el día de mañana y que con la maricada y la maricada, iba a participar en un triatlón sin darme cuenta del todo.
Sábado: ¡EL GRAN DIA!
No me acuerdo a qué hora es que empezaba, pero de lo que me acuerdo es que me levanté 10 minutos más tarde de lo que había previsto, salí como embalao a bañarme y me encuentro a mi mamá en el baño, el otro, no tenía suficiente presión, y el otro lo estaban reparando, no me quería bañar en el patio porque el perro no me dejaría en paz brincándome encima y queriendo jugar conmigo 'al baño', para Pepe (el labrador) todo era juego, vacile. Quiero sacar a la vieja del baño, pero se aburre de la chanza y me dice que espere, mientras tanto, no sé qué hacer, porque todo lo tenía listo desde la noche anterior, no sé en qué matar esos sagrados minutos que pasan más deprisa cuando uno está de afán. Voy al patio un momento a buscar limones para ver si me hacía una limonada, porque el desayuno que -no sé cómo-, estaba listo al levantarme, escucho la puerta del baño que la cierran y embalo para allá, me encuentro con la sorpresa de encontrar ahora al viejo ahí metío, me da más rabia, porque ya tuve que esperá a la vieja, ahora mi papá, ya era el colmo, "nojoda, ahora qué eche, ¿toos se pusieron de acueddo pa levantadse temprano hoy qué? Daaa, no sean tan hijueputas conmigo hombe", mi papá muerto de la risa en el baño, decía "aguántate, que ya voy a salir", típica frase de que te va' a mamá otro rato esperando maricón, jajajaja, bueno, lo saqué y me bañé policiacamente, ¡no hubo de otra vale! Me cambio agarro los motetes y 'fuímonos'. Tenía solo media hora para estar en el otro extremo de la ciudad, lo peor es que ni siquiera había llegao al paradero, o sea, por la casa de Mónica o el negocio del húngaro, apenas iba por la esquina de la calle y Vanessa me saludó por la ventana: "edlo ve, vas a hacé show, mijo ¡que te vaya bien hombe!", eso me sacó una sonrisa y ajá, me hizo dejar de pensar por un par de segundos en los 25 minutos restantes para arribar a la casa de Piñata, sacar la bicicleta, llevarla hasta el campo de béisbol de Bocagrande, encontrarme con el Marlon y después encontrar el lugar del Malecón en el sector de la bahía interna en el Laguito, donde se llevaría a cabo la competencia. Como era de esperarse en estas situaciones, el tráfico, peor no podía estar para ser un sábado, bla, bla, bla, llegué a la casa de Piñeres, no había nadie ahí, me asusté y bajé en el ascensor cuando alguien hizo un timbre ahí, era la señora que trabajaba ahí, preguntándome que qué quería, por supuesto que no me dejó sacar la bicicleta, y sobre todo con la pinta de malandro que llevaba, el propio gamín -como siempre-, y ajá, le pregunté por los Piñata y me dijo que ya se habían ido al campo de béisbol. Bonita cosa, a embalá pa'l campo de béisbol pue, allá, lo que me encuentro es un peladero, no había nadie, sino uno que otro pelagato organizando las premiaciones, Gatorade, y todo ese cuento en del 'después de'. A más o menos cinco metros de distancia, estaba Marlon con una cara de ira, que días después, el profesor Víctor, de educación física también, compararía con la de un toro en celo, jajajajaja, algo así, o toro en corraleja, jajajaja, por ahí va la vaina. ¿NOJODA, POR QUE DEMORASTE TANTO EN LLEGA AH? ¿TU NO VES QUE YA HACE RATO SALIERON PARA ESA CAGA EH? -decía el Marlon- jajajajaja, en el momento no me reía, sino que estaba asustao porque le fuera a dar algo, la vena frental (o sea, la de la frente, jajajaja) se le quería estallar y le tapaba un ojo, NOJODA ¿DONDE ESTA LA BICICLETA? ¿QUE, VAS A MONTARLA EN EL AIRE QUE? -seguía diciendo-, nojoda, no aguanto la risa ahora mismo acordándome de la cara y cuando decía esas vainas, pero más de la mamadera de gallo con el Víctor y los otros dos profesores, luego la cara de Marlon seria, que le salían las risas así como quién no quiere la vaina. Hey marlon, la vieja que trabaja allá en la casa no me dejó bajar la bicicleta, ¿cómo hacemos? -Le dije yo así en tono calmao y tal, pa que la cogiera suave, pero nada, la gente seguía viendo así, observando esa vaina. DAAAAA, NOJODAAA, AHORA HAY QUE BUSCAR AL OTRO MARIQUITA, EL MENOR, QUE NO HA SALIDO TODAVIA, PILAS, EMBARCATE EN EL TAXI QUE YA NO TENEMOS TIEMPO PA VE SI LLEGAMOS ANTES DE QUE SALGAN DEL AGUA, -contestó el Marlon ya menos azarao-, nojoda nos embarcamo en un taxi que ni siquiera paré, el tipo pilló la bulla ahí y supuso algo como que "sea lo que sea, estos hijueputas van a necesitá un taxi", y preciso, ni siquiera el Marlon lo había mencionao cuando ya el vale había abierto la puerta para que entrarámos. En las pocas cuadras que nos separaban de la casa del Piñeres, Marlon me mostró el mapa, me corresponderían 5 ó 10 kms en bicicleta, me pareció papaya porque era todo plano y con el crucerito, sería un regalo, definitivamente, los dioses estaban de nuestro lao, al menos eso pensaba. Cuando llegamos a la casa del Piñata, Piñatica, o sea, el hermano menor de Juan Sebastián, nos abrió y nos condujo a la bicicleta, pero la encontramos espichada, nojoda, pa qué fue eso. Marlon trató de calmarse un poco, con lo que se había recuperao en el transcurso del viaje, habíamos deducido que en los 3 kms que le tocaban nadar a Piñeres dentro de la Bahía, era algo jodido que llegara en 10 minutos, teniendo en cuenta la mareta y tal. Ahora llegaría el momento más recordado, con el que más jodíamos los profesores y yo imitando a Marlon, Víctor era el que mejor lo imitaba, pero DAAAAA, METE ESA VAINA EN EL HIJUEPUTA TAXI DE MIERDA ESE, QUE VAMOS PARA LA BOMBA A QUE LE HAGAN ALGO DE RAPIDEZ -añadió el Marlon con la vena cuellal (o sea, del cuello) a punto de explotar, y ya, un ojo no se le veía por la vena frental. El taxista como que se dió cuenta de que era algo grave, grave, grave, así que en una espabilá de ojo, estabámos en la bomba poniéndole un parche al neumático. Linda sorpresa nos encontramos que al bajar la rueda el llantero, se trae consigo un trozo de la uña, esa parte que agarra el tensor con el caballo o marco, hombe, la vainita esa que parece una patica y que se encuentra en la parte de la llanta trasera, por donde pasa la cadena, ¿ya sabes dónde es? Bueno, la popular uña estaba partida en dos desde antes que yo la prestara y al momento de soltar la rueda, se cayó. JUEPUTA, OYE, ¿TU COMO PRESTAS UNA MIERDA ASI AH? ¡ESTA MONDA NO SIRVE PA UN CULO! ¡NOJODA! HEY, LLANTERO, TU EMPARAPETA ESA CAGA COMO SEA, QUE ESO ES POR UN RATO.
-Nojoda Marlon, pero es que si vieras la mía -le decía yo pa que la cogiera suave.
-QUE NADA, HUBIERAS TRAIDO LO QUE SEA, ASI FUERA UN BURRO CON LLANTAS, NOJODA, PERO ¡NO ESTA MIERDA QUE NO SIRVE PARA UN CULO ECHE! ¡TU SI MANDAS HUEVO VERDAD!-Gritaba así con el ojo palpitándole, y el llantero trabajando más rápido y viéndolo con cara de "a este man le va a dar algo".
-Hey Marlon, pero cógela suave, te va a dá algo, marica, ponte pila', relájate que to'o bien hombe, Piñeres no ha llegao todavía- le hablaba yo para que se calmara y lo hizo, se fue a dar una vuelta ahí mismo, tomó aire y cuando volteó la mirada, ya la bicicleta estaba emparapetá. Luego yo lo azaré: pilas Marlon, vamos pue.
-¡QUE NADA!, ¡PRUEBA ESA VAINA PRIMERO COÑO! PA VE SI ESA MONDA SIRVE O NO Y DESPUES NO TENER QUE REGRESAR. -Ahí fue cuando el taxista que estaba afuera del carro, se volvió a meter y empezó como a buscar el celular para llamar al 123, número único de emergencias (versión cartagenera del 911 jajajaja), como él mismo me contó cuando llegamos al malecón y bajábamos la bicicleta.
Me monté en la bicicleta y todo el cuento para probarla y en un par de patás estábamos en el paseo peatonal del Laguito, donde todavía no había llegao Piñeres. Marlon respiró hondo y se calmó, porque ya el resto no importaba, se encontró con unos amigos y amigas de él y se puso a charlar tranquilo, al fin estaba relajao. Allá nos encontramos con la profesora Ximena, la Katerine, Azafata, Raiza, Victoria y Luisinho, quién solo esperaría que le diera el cinto del relevo. Ya, imagínense la preguntadera de siempre, que por qué te demoraste, que por qué el profesor Marlon llegó así, que esto, que lo otro. Iba a parquear las bicicletas donde tenían que estar, junto con las demás, vaya sorpresa con lo que me encuentro, un poco de hierros amontonaos que se asemejaban a bicicletas, la que tenía a cargo, era lo mejor que podía estar ahí, pensé en varias cosas al mismo tiempo, como por ejemplo que Escoriasis Jr. estaría bien ahí con bicicletas de su calaña, de hecho, sería una reina ahí, también en que daba lo mismo llevar un burro con ruedas que una bara con dos llantas, Marlon tenía razón, igualmente pensaba en la responsabilidad que tenía con tremenda bicicleta, a quien el dueño no hacía sino invertirle un gran porcentaje de su sueldo, desconozco en cuánto estaría avaluada, pero estoy seguro que es un valor que no reuniría ni ahorrando en un año, mucho qué pensar...
Pasa un cuarto de hora en el paseo peatonal mientras he llegado y quien sale primero de la playita es el poco conocido Delfin ese, ¡zas!, es el primero ¿cuándo saldrá Piñata? Y allá va el Cóndor ese que me parece un visajito, en una bicicleta que parece un aborto de mi bicicleta con una de esas de Fisher Price, pensé que se iba a partir en el camino por el óxido, pero bueno, un minuto y no sale Piñeres, 2 y nada de Piñatón, hasta que al fin sale 30 segundos después, todo desorientao, me da el cinto, mientras corro a la bicicleta miro hacia atrás por si venía alguien más y nada, Piñeres les llevaba como 2 minutos de diferencia también, me quería cagar de la risa por el vestido de baño que llevaba, una de esas tangas narizonas que usa la mayoría de los cachacos que vienen acá a conocer el mar, todo bien, una risa leve, ya habría más tiempo para burlas.
Arranco en la bicicleta, veo un manchón en el fondo y supongo que debe ser el tipo ese, giró la cabeza hacia atrás y nada, ya debo llevar 800 metros y nadie se ha montado en otra bicicleta, al mirar hacia el frente, tengo al man ese al frente, sin notarlo, estaba pedaliando con bastante fuerza y bien rápido que solo me llevó unos segundos alcanzarlo, no sé qué le pasó, después de que me andaban metiendo cuento hasta en el mismo lugar de dónde salieron todos de la bahía, eso fue algo decepcionante, ese instante, porque lo veía bastante apurao dando pedales y yo como si nada hacía una distancia de 100 metros más o menos ya entre él y yo, en solo 2 minutos que tenía pedaliando, cuando él me llevaba otros 2 de ventaja, desde ahí ya podía ver el punto de partida de los ciclistas, pero veía todo fácil.
Mientras me preguntaba si eso era todo, si era el final, si todo sería tan fácil, porque era solo llegar y hasta el mismo Luisito no hubiera tenido la necesidad de correr, sino sólo caminar para ganar, pero conociéndolo a él, estoy seguro que hubiera corrido más rápido para marcar un récord en el triatlón. Mientras pensaba todo esto, un poco decepcionao, algo comenzó a fallar en el eje de la llanta trasera, no sé qué fue, a lo mejor por la misma uña que les hablé al principio, pero no me dejó continuar a la misma velocidad, lentamente, me iba deteniendo y comenzaba la mayor traición de una bicicleta a un hombre en la historia de los triatlones locales. La llanta iba de un lado a otro, y entre más rápido quisiera darle, más se bamboleaba, me decía a mí mismo "esto no puede estar pasando", pero una voz burlona me decía "pues sí lo está", jajajaja, no mentiras, me reía de esa hijueputa ironía, ya que éramos los dueños del trofeo, la caja de cerveza, y una medalla ahí que me recordaría que si puedo superarme si me esfuerzo y dedico con disciplina, jajajaa, tú sabe', esas cosas que quieren significar las medallitas y eso. Poco a poco me iban dejando atrás los que habían llegado de último, mierda, poco a poco mi esfuerzo se veía inútil por una bicicleta, igual, quise detenerme en varias ocasionas por la misma rabia, pero los bomberos y policías me decían "dale hijueputa, no importa que esté dañá esa mondá, ¡dale nojoda!", entre risa y risa, llegué a la meta, con la baranda del marco, cuadro, o caballo -como le quieras decir- (que era de alumino también como la uña), casi destruída, el roce entre la llanta y ella hizo que se carcomiera buena parte del aluminio en ese lugar, pero bueno, llegué, eran 22 participantes, yo llegué de 13, después de haber estado en la cúspide, jaja como que nada es para siempre, le entregué el cinto a Luisinho y arrancó como un demonio, jajajaja, nos subió de puesto y quedamos en el 7 u 8, gracias a él. Igual, jalamos bastante risa cuando les contaba del policía que me ayudó en el camino empujándome ahí sin que los jueces no lo vieran, y de la gringa que me tiró una botella de agua diciendo "para camino, tomar, para camino es bueno, mucho sol", jajajajaja.
Después de la premiación, en la que no salimos, por cierto, había tanto Gatorade que no sabía como llevármelo, así que recogí unas botellas ahí de agua que tenían los jueces, las lavé y envasé como 4 litros, toda la gente se me quedaba viendo, según cuenta Marlon después, pero ajá, los que se mamaron el arroj (arroz) limpio no fueron ellos. Medio embolaté la bicicleta, chau, chau a todos y arranqué para donde mi prima.
El lío fue la entrega de la bicicleta, porque ya tenía la uña jodida (ya lo estaba antes), una baranda que practicamente carcomida, que, en otras palabras, había dañado el caballo, el eje de los pedales sueltos y dañaos (no sé como, pero lo acepto, fue conmigo) y unos rayoncitos de los que no se dió cuenta menos mal. Como dormí acá donde mi prima, se la terminé entregando el lunes, que era festivo, me acuerdo porque regresé ese mismo día acá en la mañana, él la fue a buscar, y todo bien, le di los 5 lucas prometíos y mis mayores agradicimientos, a pesar que no había ganao, pero ajá, fue una experiencia bien graciosa y que todo bien. En la tarde de ese mismo día, llegó otra vez, en otra bicicleta, porque me comentaba lo de la uña, que estaba partida, y él la tenía bien, y que le había salido un nuevo problema a la bicicleta con los pedales, que le ayudara con eso, para lo de la soldadura y ver cómo hacía para lo de los pedales, que le habían empezado a molestar ese día, menos mal que no se le ocurrió meterme en ese cuento, porque ese charrúa me hubiera cojido de soda, después de haber tenido que pasarle 10 lucas más. Sería la penúltima vez que lo vería.
El martes empezó la comentadera, nadie en el salón sabía qué era lo que había pasado, nadie preguntó por nada, les daba igual si ganábamos o no, pero fue otra cuestión con los profesores que empezaron a mamar gallo, los de educación física, luego se acercó otro y dijo "hombe, pero la culpa no fue de él, sino de lo que tenía por cicla, y a kilómentro y medio estaba Ximena supervisando y me dijo que le llevaba una buena distancia al que iba de primero", y dijo el Víctor entre cule carcajás "nojoda, Ferna', sino nos referimos a eso, el pelao se esmeró, estamos hablando del marica del Marlon, y de este man cómo cuenta la historia, que estaba cagao porque pensaba que al Marlon le iba a dar algo, y el taxista y que iba a llamar a una ambulancia. Después de que le hubiera dicho 'nojoda, hubieras traído hasta un burro enllantao, no esa mierda con tantas maricadas', y el Marlon no quiere acordarse de ese día, ni se quiere reí, edlo ve".
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ANECDOTAS DE DIAS CUALQUIERAS
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